lunes, 14 de agosto de 2017

15/08 - Dormición de la Santa Madre de Dios


Después de la ascensión del Señor, la Madre de Dios permaneció bajo el cuidado del apóstol y evangelista Juan, y durante los viajes de este ella solía quedarse en la casa de sus allegados cerca del Monte de los Olivos. Su función en la primitiva iglesia fue ser fuente de consolación y de edificación tanto para los apóstoles como para los creyentes. 

Durante la persecución que inició el rey Herodes en contra de la joven Iglesia de Cristo (Hechos 12:1-3), la Madre de Dios y el Apóstol Juan se dirigieron a la ciudad de Éfeso en el año 43. También viajó a Chipre para estar con San Lázaro, el resucitado por el Señor, donde este era obispo, como también estuvo en el Monte Athos. San Esteban de la Santa Montaña dice que la Madre de Dios proféticamente dijo: “Dejad que este lugar sea entregado a mi hijo y Dios. Yo protegeré este lugar e intercederé ante Dios por él”.

De acuerdo a la Santa Tradición, basada en las palabras de los mártires Dionisios el Areopagita (3 de octubre) e Ignacio el revestido de Dios (20 de diciembre) San Ambrosio de Milán (7 de diciembre) tuvo la oportunidad de escribir en su obra “Sobre las vírgenes” que la Madre de Dios “era virgen no solo de cuerpo, sino también de alma, humilde de corazón, de pocas palabras, sabia en su mente, trabajadora y prudente. Su regla de vida era la de no ofender a nadie sino hacer el bien a todos”.

Las circunstancias en que sucedió la dormición de la Madre de Dios se conocieron en la Iglesia Ortodoxa desde tiempos apostólicos. Ya en el primer siglo de la cristiandad, San Dionisio el Areopagita escribió sobre su “dormición”. En el siglo II, la historia de que su cuerpo subió a los cielos la encontramos en las obras de Melitón, Obispo de Sardis. En el siglo IV, San Epifanio de Chipre hace referencia a la tradición sobre la “dormición” de la Madre de Dios. En el siglo V, San Juvenal, Patriarca de Jerusalén, le dice a la Emperatriz Bizantina Pulqueria: “pese a que no existen datos sobre su muerte en las sagradas Escrituras, sabemos sobre todo esto de  la más antigua y creíble tradición”.  Dicha tradición fue expuesta en la historia de la Iglesia de Nicéforos Callistos durante el siglo XIV.

En el momento de su dormición, la Madre de Dios estaba de regreso en Jerusalén. Día y noche perseveraba en la oración e iba con frecuencia al Santo Sepulcro. En una de esas visitas, el Arcángel Gabriel apareció ante ella y le anunció que pronto dejaría esta vida. Así es que ella decidió visitar por última vez Belén llevando consigo las tres jóvenes que la atendían (Séfora, Abigail y Jael). Antes de esto le anunció a José de Arimatea y a otros discípulos que pronto partiría de este mundo.

En su oración, la Madre de Dios pidió que el Apóstol Juan  viniera a verla por última vez. El Espíritu Santo lo trajo desde Éfeso. Después de la oración, María ofreció incienso y Juan escuchó una voz del cielo que concluía la oración de la Virgen y que decía “amén”. La Madre de Dios interpretó que la voz significaba que pronto los apóstoles y los discípulos llegarían hasta el lugar en el que ella se encontraba.

Los creyentes, reunidos en gran número a su alrededor, dice San Juan Damasceno, escucharon las últimas palabras de la Madre de Dios.  Ninguno sabía la razón de encontrarse presentes en este lugar hasta que San Juan se acercó a ellos, con lágrimas, y explicándoles que el Señor había decidido juntarlos a todos nuevamente para la dormición de la Madre de Dios.

También apareció entre los presentes el apóstol Pablo con sus discípulos Dionisio el Areopagita, Hieroteos y San Timoteo y algunos de los setenta.
A la tercera hora del día (9 de la mañana) la dormición de la Madre de Dios se llevó a cabo. Los apóstoles se acercaron a su lecho y ofrecieron alabanzas a Dios. De repente, la luz de la divina Gloria resplandeció enfrente de ellos. El mismo Cristo apareció rodeado de ángeles y profetas.

Viendo a su Hijo, la Virgen María exclamó “mi alma magnifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador por que ha visto la humildad de su esclava” (Lc 1:46). Así entregó su alma a su Hijo y Dios; milagrosa fue la vida de la Purísima Virgen y maravillosa su dormición.

A partir de ese momento comenzaron a preparar el entierro de su cuerpo purísimo. Los apóstoles fueron los encargados de llevar su féretro sobre sus hombros. Esta procesión se realizó por toda Jerusalén hasta llegar al jardín del Getsemaní.

Un sacerdote judío de aquella ciudad llamado Efonio, lleno de odio, quiso tirar el féretro que transportaba el cuerpo de la Purísima Madre de Dios. El Arcángel Miguel cortó sus manos. Viendo esto se arrepintió y confesó la majestad de la Madre de Dios y así comenzó a ser un ferviente seguidor de Cristo.

Cuando la procesión llegó al jardín del Getsemaní, los apóstoles y los discípulos comenzaron a dar el último adiós a la Virgen María. Recién a medianoche lograron depositar el cuerpo dentro del sepulcro y sellar la entrada con una gran piedra.

Por tres días no se fueron de ese lugar, orando y cantando salmos. Por la providencia de Dios, el apóstol Tomás no estuvo presente en el funeral. Llegando el tercer día a Getsemaní se acercó a la tumba y allí lloró preguntándose por qué no se le había  permitido a él presenciar la partida de la Madre de Dios. Los apóstoles decidieron abrir la tumba para que Tomás pudiera dar su último adiós. Cuando abrieron el sepulcro, solo encontraron sus lienzos y entendieron que su cuerpo también había sido recibido en los cielos por Nuestro Señor.

La tarde del mismo día, estando los apóstoles reunidos en una casa para poder comer, la Madre de Dios se les apareció y les dijo: “Regocíjense, estaré con ustedes todos los días de sus vidas”. Ellos exclamaron “Santísima Madre de Dios, sálvanos” iniciando esta exclamación que acompañará a la Iglesia eternamente.

Esta fiesta que celebramos todos los 15 de agosto es celebrada con mucha reverencia y especial solemnidad en el Getsemaní, el lugar de su entierro.


Fuente: Arquidiócesis de Buenos Aires y Toda la Argentina (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)

sábado, 12 de agosto de 2017

X Domingo de Mateo. Lecturas de la Divina Liturgia


1 Cor 4,9-16: Pues me parece que a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha puesto en el último lugar, como a condenados a muerte. Hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres. Nosotros, por causa de Cristo, pasamos por tontos, mientras que vosotros, gracias a Cristo, pasáis por inteligentes. Nosotros somos débiles y vosotros sois fuertes. A nosotros se nos desprecia y a vosotros se os respeta. Hasta hoy mismo no hemos dejado de sufrir hambre, sed y desnudez; la gente nos maltrata, no tenemos hogar propio y nos cansamos trabajando con nuestras propias manos. A las maldiciones respondemos con bendiciones; somos perseguidos y lo soportamos. Se habla mal de nosotros y contestamos con bondad. Nos tratan como a basura del mundo, como a desperdicio de la humanidad. Y así hasta el día de hoy. No os escribo esto para avergonzaros sino para daros un consejo, como a mis propios hijos, porque os amo; pues aunque tengáis diez mil instructores que os hablen de Cristo, padres no tenéis muchos. Padre vuestro en cuanto a la fe en Cristo Jesús lo soy yo, porque yo soy quien os ha anunciado el evangelio. Así pues, os ruego que sigáis mi ejemplo.

Mt 17,14-23: Cuando llegaron a la multitud, un hombre se acercó a Jesús y se arrodilló delante de él. Señor, ten compasión de mi hijo. Le dan ataques y sufre terriblemente. Muchas veces cae en el fuego o en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no pudieron sanarlo. ¡Ah, generación incrédula y perversa! respondió Jesús. ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme acá al muchacho. Jesús reprendió al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquel momento. Después los discípulos se acercaron a Jesús y, en privado, le preguntaron: ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?.- Porque ustedes tienen tan poca fe —les respondió—. Les aseguro que si tienen fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrán decirle a esta montaña: "Trasládate de aquí para allá" y se trasladará. Para ustedes nada será imposible. Estando reunidos en Galilea, Jesús les dijo: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres. Lo matarán, pero al tercer día resucitará.» Y los discípulos se entristecieron mucho.

jueves, 10 de agosto de 2017

10/08 - Santo Mártir Lorenzo, Arcediano de Roma



San Lorenzo fue uno de los siete diáconos regionarios de Roma, ciudad donde fue martirizado en una parrilla el 10 de agosto de 258, cuatro días después del martirio del papa Sixto II. En latín se llamaba Laurentius (‘laureado’). Su nombre se atestigua en los calendarios litúrgicos más antiguos, la Depositio martyrum del año 354 y el Martirologio jeronimiano del siglo V. Ambos especifican la ubicación de su sepultura en la vía Tiburtina, y el Martirologio jeronimiano lo califica de archidiaconus, título que más tarde reiteraría el Peristephanon del poeta latino Prudencio. Los estudios de Pietro Guidi ratificaron la concordancia de los antiguos martirologios al reconocer definitivamente en Lorenzo al titular de la necrópolis de la via Tiburtina, sobre cuyas reliquias se edificó primero una basílica, y a fines del siglo VI otra subterránea ad corpus.

Las Actas de san Lorenzo se perdieron en la época de Agustín de Hipona, quien en uno de sus sermones acerca del santo (Sermo 302, de Sancto Laurentio) admite que su narración no provenía de recitar las Actas del santo (como solía hacer Agustín en sus sermones) sino de la tradición oral. Esa tradición sitúa el nacimiento de Lorenzo de Roma en Huesca, en la Hispania Tarraconensis, aunque también podría ser originario de Valencia, donde sus padres habrían residido un corto espacio de tiempo, viniendo a nacer el santo en esta ciudad. Cuando en 257 Sixto fue nombrado papa, Lorenzo fue ordenado diácono, y encargado de administrar los bienes de la Iglesia y el cuidado de los pobres. Por esta labor, es considerado uno de los primeros archivistas y tesoreros de la Iglesia, y es el patrón de los bibliotecarios.

El emperador Valeriano proclamó un edicto de persecución el que prohibía el culto cristiano y las reuniones en los cementerios. Muchos sacerdotes y obispos fueron condenados a muerte, mientras que los cristianos que pertenecían a la nobleza o al senado eran privados de sus bienes y enviados al exilio.

Víctimas de las persecuciones de Valeriano destacan los Papas San Esteban I, degollado sobre la misma silla pontificia; y Sixto II decapitado el 6 de agosto del 258. Obispos como Cipriano de Cartago, decapitado en el Norte de África. Diáconos como Agapito, o el popular San Lorenzo: una leyenda citada por san Ambrosio de Milán dice que Lorenzo se encontró con Sixto en su camino al martirio, y que le preguntó: «¿A dónde vas, querido padre, sin tu hijo? ¿A dónde te apresuras, santo padre, sin tu diácono? Nunca antes montaste el altar de sacrificios sin tu sirviente, ¿y ahora deseas hacerlo sin mí?», a lo que el papa profetizó: «En tres días tú me seguirás».

Las riquezas de la Iglesia

Aprovechando el reciente asesinato del papa, el alcalde de Roma, que era un pagano muy amigo de conseguir dinero, ordenó a Lorenzo que entregara las riquezas de la Iglesia. Lorenzo entonces pidió tres días para poder recolectarlas y en esos días fue invitando a todos los pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos que él ayudaba. Al tercer día, compareció ante el prefecto, y le presentó a éste los pobres y enfermos que él mismo había congregado y le dijo que ésos eran los verdaderos tesoros de la Iglesia. El prefecto entonces le dijo: «Osas burlarte de Roma y del Emperador, y perecerás. Pero no creas que morirás en un instante, lo harás lentamente y soportando el mayor dolor de tu vida».

Martirio

Lorenzo fue quemado vivo en una hoguera, concretamente en una parrilla, cerca del Campo de verano, en Roma. Se dice que en medio del martirio, exclamó: Assum est, inqüit, versa et manduca (Traducción: Asado está, parece, da la vuelta y come. Traducción aproximada: Dadme la vuelta, que por este lado ya estoy hecho). Su santo se celebra el 10 de agosto, día en el cual recibió martirio. Lorenzo fue enterrado en la Via Tiburtina, en las catacumbas de Ciriaca, por Hipólito de Roma y el presbítero Justino. Se dice que Constantino I el Grande mandó construir un pequeño oratorio en honor del mártir, que se convirtió en punto de parada en los itinerarios de peregrinación a las tumbas de los mártires romanos en el siglo VII.

Un siglo más tarde, el papa Dámaso I (366-384) reconstruyó la iglesia, hoy en día conocida como Basilica di San Lorenzo fuori le Mura, mientras que la iglesia de San Lorenzo in Panisperna se alza sobre el lugar de su martirio. En el siglo XII, el papa Pascual II (1099-1118) dijo que la parrilla usada en el martirio fue guardada en la iglesia de San Lorenzo de Lucina.


Fuente: Wikipedia

domingo, 6 de agosto de 2017

06/08 - Santos Niños Justo y Pastor, Mártires



Las Actas de su martirio no son anteriores al siglo VII. Según estas Actas, Justo y Pastor eran dos niños cristianos, hijos de padres cristianos, que vivían en “Complutum” (lo que hoy es Alcalá de Henares en la Comunidad de Madrid), cuando la persecución decretada por Diocleciano estaba en su momento más álgido.

Aunque Diocleciano en un principio no era ni ambicioso ni cruel -era un gran estadista-, tuvo a su lado un mal consejero que fue quien le indujo a que persiguiera a los cristianos. Este mal consejero fue su yerno Galerio, y Diocleciano se dejó influir por él. En el año 302 Galerio arrancó a Diocleciano el decreto de persecución general por el que se destruían los templos, se perseguía a los obispos y sacerdotes, se difamaba a los nobles cristianos y se esclavizaba a los que eran plebeyos. La persecución más cruenta se inició en el año 304 con un edicto en el que se decía que quienes se negaran a sacrificar ante los dioses serían torturados y muertos. En la Hispania fue el gobernador Daciano quien se encargó de llevar a cabo estas matanzas, y lo hizo de forma muy cruel, como nos lo comenta Aurelio Prudencio en su poema “Peristephanon”, del que ya se ha escrito en este blog en alguna ocasión anterior. Y dentro de este marco histórico acontece el martirio de estos dos niños hispanos.

Prudencio les dedica una estrofa en su poema: “siempre será una gloria para Complutum el llevar en su regazo la sangre de Justo con la de Pastor, dos sepulcros iguales donde se contiene el don de ambos: sus preciosos cuerpos”. Dice la “passio” que, habiendo oído los dos niños en la escuela que estaba por allí el gobernador Daciano, dejaron los libros y se fueron a buscarlo para ofrecerse al martirio, y que sin realizarse proceso alguno fueron de inmediato condenados a muerte, degollados. Justo tendría unos siete años, y Pastor tendría nueve. Los ejecutaron fuera de la ciudad, donde los cristianos sepultaron sus cuerpos.

San Ildefonso de Toledo, en el tomo II de su obra “De viris illustribus” (“Varones ilustres”), dice que en el 391 el obispo Asturio tuvo una revelación: buscó y encontró dos sepulcros de mártires en los alrededores de la ciudad y los encontró, y tenían que ser de ellos, porque allí no se había martirizado a ningún otro cristiano, pero que, sin embargo, en los sepulcros no figuraban sus nombres. Un año más tarde, en el 392, San Paulino de Nola hizo sepultar a su hijo junto a estos dos niños mártires en Complutum, como el mismo San Paulino lo narra en su poema número 31; pero en dicho texto no dice tampoco el nombre de los dos mártires. Realmente el que primero los llama por sus nombres es Prudencio en el “Peristephanon” al principio del siglo V, como ya hemos dicho anteriormente.

Existe una inscripción en Medina Sidonia (Cádiz) del año 630, y otra en Guadix (Granada) de fecha similar, que conmemoran las reliquias conservadas en una basílica, entre las cuales figuran algunas de los santos Justo y Pastor. Esto lo recoge y lo narra bastante bien Vives en su obra ”Inscripciones cristianas de la España romana y visigoda”, editada en Barcelona en el año 1942.


El culto a los dos niños mártires se propagó por toda Hispania y por el sur de las Galias (Francia), y más tarde también en Cerdeña. Durante la dominación musulmana, los restos de los mártires fueron trasladados por San Urbicio a Huesca y al sur de Francia, pero en el año 1568 fueron restituidos a su ciudad natal. En los primeros calendarios mozárabes se les nombra por sus nombres, y este es un testimonio irrecusable, pues la mismísima Liturgia Mozárabe les había reservado un Oficio Propio en el día de su fiesta.


San Eulogio de Córdoba escribía en el siglo IX sobre un mártir mozárabe cordobés -San Leovigildo-, y dice de él que era un monje que procedía del monasterio dedicado a los santos Justo y Pastor situado en Fraga, en los montes de Córdoba. Ya desde entonces, se celebraba la fiesta de ambos niños el día 6 de agosto.

Quiero añadir algo que me parece bonito, y es el diálogo entre los dos niños cuando iban hacia el martirio. Consta en la “passio” del siglo VII, pero también lo reproduce San Ildefonso de Toledo en su libro: “Mientras eran conducidos al lugar del suplicio se estimulaban mutuamente estos dos corderitos. Porque Justo, el más pequeño, temeroso de que su hermano desfalleciera, le hablaba así: 'Hermanito, no tengas miedo de la muerte del cuerpo y de los tormentos. Recibe tranquilo el golpe de la espada, que aquel Dios que se ha dignado llamarnos a una gracia tan grande nos dará fuerzas proporcionadas a los dolores que nos esperan'. Y Pastor le contestaba: 'Dices bien, hermano mío; con gusto te haré compañía en el martirio para alcanzar contigo la gloria de este combate'”.

Ambos niños mártires están sepultados en una preciosa urna de plata en la cripta de la Catedral de Alcalá de Henares (Madrid), y allí también se conserva una piedra en la que, según la tradición popular, se arrodillaron los niños para ser decapitados. En esta piedra hay una oquedad que se dice fue producida por las rodillas de los niños. La veneración a esta piedra en Alcalá se remonta a tiempos inmemoriales.

Abel


Fuente: www.preguntasantoral.es
Adaptación: Ortodoxia Digital

06/08 - Transfiguración de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo


Una transfiguración es la transformación de algo que implica un cambio de forma, de modo tal que revela su verdadera naturaleza. Nuestro Señor había hablado a sus discípulos varias veces con respecto no solo a su Pasión y muerte, sino también sobre las persecuciones y las aflicciones venideras que sufrirían.

Y ya que todos estos eventos se acercaban, así como las buenas nuevas que esperaban también estaban por venir, nuestro Salvador deseó entregarles la fiel promesa de que la gloria era preparada para aquellos que perseveraran hasta el final.

Es así que, para cumplir aquello que les había prometido fue que tomó a sus tres discípulos más cercanos y subió con ellos al Monte Tabor, en donde se transfiguró en frente de ellos. Su rostro brilló como el sol, sus vestimentas se tornaron tan blancas como la luz, y repentinamente, mientras sus discípulos se maravillaban ante esta increíble luz, aparecieron los más grandes entre los profetas, Moisés y Elías, quienes habían hablado sobre la Pasión salvadora de Jesucristo que estaba a punto de llevarse a cabo. De pie frente a él como siervos reverentes, ellos mismos mostraron que Jesús es el Señor, tanto de los vivos como de los muertos, puesto que Moisés vino del hades, habiendo estado muerto por muchos siglos y Elías, venido del cielo, donde había sido tomado pero estando aún vivo. Allí, una nube radiante los envolvió y se escuchó una voz que tenía el mismo tono que aquella voz oída durante el bautismo de Jesús en el río Jordán y que testificó también la divinidad del Señor: “Este es mi hijo amado, en quien me complazco, escuchadle”.

Dichas son las maravillas, realmente dignas de Dios, celebradas en esta presente fiesta, la cual es imagen y prefiguración del futuro estado de los justos, de cuyo esplendor el Señor habló diciendo: “Así brillarán los justos como el Sol” (Mt 13:43).

La celebración de la fiesta el 6 de agosto se ha prestado para que en el hemisferio norte se bendigan las uvas y otras frutas dando el significado de la fructificación de toda la creación en el paraíso del Reino infinito de Dios donde todo se transformará para la gloria del Señor.


Fuente: Arquidiócesis de Buenos Aires y Toda la Argentina (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)

miércoles, 2 de agosto de 2017

02/08 - Santas Centola y Elena, Vírgenes y Mártires


Centola nació en Toledo, de padres nobles y paganos. Desde pequeña observó, por sus propios razonamientos y observación de la realidad, amén de la ayuda divina, la falsedad de la idolatría. Así, abrazó en secreto la fe cristiana con todo lo que significa: oración, caridad, sacrificios, anuncio de Jesucristo. Su padre intentó que abandonara la nueva fe y volviera a la fe de sus padres. Promesas, regalos, amenazas, nada pudo separarla de Jesucristo, cuyo amor se había apoderado de su corazón enteramente. Así fue que, sintiéndolo mucho, huyó de su casa llegando a Soris o Siaria (actualmente Sierro), tierra que pertenecía al antiguo obispado de Burgos, aunque no a la ciudad. Allí se hospedó en la casa de una señora cristiana llamada Elena. No nos dicen las crónicas o tradiciones ni como se conocieron, ni por qué allí, pero es probable que siendo la hospitalidad entre los de la misma fe, una virtud amada por los cristianos, Elena la acogiese al saber que huía por motivos religiosos. Así es que Centola y Elena, ya juntas se dedicaron a obras de caridad y piedad.

La cosa podría haberse calmado si no hubiese sido porque el emperador Maximino persuadido a que la subsistencia de su imperio dependía en destruir la religión del Crucificado, envió a su ministro Eglisio a las tierras cántabras, para obligar a los cristianos a cumplir la ley de sacrificar a los dioses, renegando de su fe. Enterado que Centola, además de no ocultar su fe, la predicaba y convertía a la Iglesia a muchos habitantes de la zona, la mandó a llamar al tribunal. Otra vez las promesas, halagos, amenazas (pero esta vez por parte de quien sí las ejecutaría) no pudieron doblegarla, por lo que Eglisio mandó fuera estirada en el potro y, aunque oyó claramente como se descoyuntaban los huesos, mandó le desgarraran el cuerpo con garfios de hierro. Pero Centola, ni renegó de la fe, ni suplicó, antes bien se burló de los verdugos y les retó a probar nuevos tormentos. Y eso hizo el ministro: mandó le cortaran los pechos, la llevaran a su prisión y la dejaran morir sin curación alguna y desangrada.

Enteradas de esto, se llegaron a la cárcel algunas nobles del pueblo, espantadas de la crueldad del gobernador y compadecidas de Centola (por tanto, se afirma el hecho de que sería muy conocida entre todas). Algunas intentaron persuadirla de su empeño de fidelidad, y que cediese a los requerimientos de la ley. Centola, por su parte, les contestó con una apología de la fe cristiana y les dio a entender el premio que a ella misma le aguardaban por permanecer fiel a Cristo, los cuales si ellas los hubiesen apenas intuido, le tendrían envidia y no compasión. Supo Eglisio de esta prédica en la cárcel y mandó cortarle la lengua, pero aquel Señor por quien padecía hizo que hablase sin tan preciso instrumento, por una de aquellas portentosas maravillas de su infinito poder.

O sea, que aun sin lengua habló, y más que hablar, profetizó a Elena, que vino a visitarla también, que ella también sería mártir, y le deseó valor para que no desmayase en la prueba. Y dicho y hecho, enterado Eglisio que estaba allí Elena, y que era cristiana, la apresó, de lo que se alegró Elena, deseosa de acompañar á su amiga en la muerte, como lo había hecho en vida. Finalmente, ambas fueron degolladas al parecer en el año 304. Serían ejecutadas posiblemente a las afueras de la ciudad. En el año 782 los esposos Fredenandus y Gutina, señores de Castro-Siero, construyen una pequeña iglesia sobre el río Butrón, en Valdelateja, sobre el tradicional lugar del martirio. Según el obispo de Burgos, Gonzalo de Hinojosa, los obispos de Astorga y León llevaron los cuerpos a dicha iglesia (dice que los compraron por 300 libras de oro).

Los calendarios mozárabes ponen a Centola el día 2 de agosto, pero no le dan título de mártir y su culto no se asoció a Elena hasta el siglo XIV, luego del traslado de los cuerpos, realizado por el mismo Gonzalo de Hinojosa, que puso su martirio a 4 de agosto del 304. Se realizó esta traslación en 1317, reinando Alfonso XI, para que recibieran culto más apropiado en la catedral de Burgos (aunque se dejaron las cabezas en Sierro). Don Gonzalo los colocó en el altar mayor, y les concedió misa y oficio propio, con Rito Doble de primera clase (hoy Solemnidad). Decretó se hiciese procesión y que ese día fuera de precepto para la ciudad y diócesis de Burgos. Baronio las inscribió en su martirologio el 13 de agosto “Burgis in Hispania Santarum Centollæ & Elena Martirum”

Oración a las santas:

Dame, Dios mío, que en el ejemplo de estas dos santas mártires aprenda la ciencia de la propia santificación y de la ajena edificación: la fortaleza para no dejarme doblar de los miedos del mundo; la constancia para perseverar en tu amor en medio de los mayores tormentos: la alegría con que debo pasar por mil muertes si fuese necesario, antes que abandonar la fe que recibí en el bautismo.

martes, 1 de agosto de 2017

01/08 - San Félix de Gerona, Mártir


San Félix de Gerona y su compañero San Cucufate, nacieron en el continente africano, en la región Scilitana, de familias acomodadas. En Cesarea marítima cursan sus estudios y tienen sus primeros contactos con los seguidores de Cristo, tantas veces declarados enemigos del Imperio y perseguidos con saña diabólica. Las enseñanzas evangélicas hallan terreno abonado en el corazón noble, puro y generoso de los dos jóvenes, que deciden recibir el bautismo. Su decisión y su entrega es tan definitiva que llegarán incluso a dar su vida en testimonio perenne de la divinidad de Jesucristo.

Nos hallamos a finales del siglo III. La Roma pagana empieza a fenecer, para dejar lugar a la Roma de Cristo, que cual nueva ave fénix aparece con una vitalidad inesperada que intentarán ahogar inútilmente en su propia sangre los crueles emperadores romanos. En estos decenios la persecución azota sólo algunas provincias del vasto Imperio, y entre Tarragona. La orden de exterminio ha sido dada por los poderosos Diocleciano y Maximiano, que hace poco se han repartido los territorios imperiales, que no pueden ser gobernados con una sola mano.

Félix y Cucufate, saben que sólo una cosa es necesaria: amar a Dios sobre todas las cosas y que para amarle hay que amar primero al prójimo. Quieren ser consecuentes, y deciden abandonar su país, donde aún no ha llegado la orden imperial de exterminio, para ayudar a los cristianos de Tarragona a soportar la difícil prueba en que se hallan. Llenos de santo amor y simulando el oficio de mercaderes, pasan el Mediterráneo y llegan respectivamente a Ampurias y Barcino. Félix se traslada a Gerona, que será el centro de sus actividades heroicas. Vienen -como dicen las actas de su martirio- simulando ser mercaderes, porque es el hábito más propicio en este momento y porque llevan entre manos el negocio mejor, que es la salvación eterna, y la mercancía más necesaria, la fe en Cristo.

En Gerona, Félix promueve tanta admiración entre el pueblo por su integridad de vida y por su ferviente caridad, que convierte muchos paganos. Pronto su presencia y actividad inquietan a las autoridades, que le llevan ante el tribunal del Pretor. Del tribunal pasa a la cárcel y después de recibir sentencia condenatoria, es sometido a los más atroces tormentos, de los que es varias veces liberado por intercesión angélica. Primero es víctima de diferentes torturas, después es atado a unos caballos y arrastrado por las principales calles de la ciudad. Curado milagrosamente, pasa nuevamente por diferentes pueblos y, trasladado a la playa de San Feliu de Guíxols, le echan al mar llevando atada una rueda de molino al cuello. Nuevamente es salvado por intercesión de unos espíritus evangélicos que suavemente le conducen a la playa. Por último, termina heroicamente su vida cuando es sometido al terrible suplicio de desgarrarle la carne con garfios de hierro. Esto ocurriría cerca del año 304, poco después del martirio del apóstol de Barcelona San Cucufate en el Castillo Octaviano, hoy San Cugat del Vallés.

Parece claro que San Félix era un simple seglar que se convirtió en misionero. Su fervor era tan grande, que no dudó en abandonar su tierra natal, su familia y sus riquezas, para testimoniar su fe en Cristo, para ayudar a nuestros antepasados en la fe a permanecer fieles ante la persecución, incluso hasta entregar su vida y ser con ello simiente de nuevos cristianos.

Pronto la fama de su martirio se extiende por toda la cristiandad. Los Padres de la Iglesia Visigótica nos cuentan sus milagros y los hechos extraordinarios obrados junto a su tumba y el rey Recaredo va en peregrinación a Gerona para ofrecerle una corona votiva de oro.

Gerona continúa guardando sus preciosos despojos y sobre su sepulcro ha construido un gran templo para recordar a la cristiandad la fe y el amor de su apóstol mártir.


Fuente: www.santoraltradicional.blogspot.com