domingo, 21 de enero de 2018

Fotos - Visita pastoral de S.E. Policarpo à Batalha

21/01 - Santos Fructuoso, Augurio y Eulogio, Mártires



En Tarragona, año 259

Siendo emperadores Valeriano y Galieno, y Emiliano y Baso cónsules, el diecisiete de las calendas de febrero (el 16 de enero), un domingo, fueron prendidos Fructuoso, obispo, Augurio y Eulogio, diáconos. Cuando el obispo Fructuoso estaba ya acostado, se dirigieron a su casa un pelotón de soldados de los llamados beneficiarios, cuyos nombres son: Aurelio, Festucio, Elio, Polencio, Donato y Máximo. Cuando el obispo oyó sus pisadas, se levantó apresuradamente y salió a su encuentro en chinelas. Los soldados le dijeron:

- Ven con nosotros, pues el presidente te manda llamar junto con tus diáconos.

Respondióles el obispo Fructuoso:

- Vamos, pues; o si me lo permitís, me calzaré antes. Replicaron los soldados:

- Cálzate tranquilamente.

Apenas llegaron, los metieron en la cárcel. Allí, Fructuoso, cierto y alegre de la corona del Señor a que era llamado, oraba sin interrupción. La comunidad de hermanos estaba también con él, asistiéndole y rogándole que se acordara de ellos.

Otro día bautizó en la cárcel a un hermano nuestro, por nombre Rogaciano.

En la cárcel pasaron seis días, y el viernes, el doce de las calendas de febrero (21 de enero), fueron llevados ante el tribunal y se celebró el juicio.

El presidente Emiliano dijo:

- Que pasen Fructuoso, obispo, Augurio y Eulogio. Los oficiales del tribunal contestaron:

- Aquí están.

El presidente Emiliano dijo al obispo Fructuoso:

- ¿Te has enterado de lo que han mandado los emperadores?

FRUCTUOSO — Ignoro qué hayan mandado; pero, en todo caso, yo soy cristiano.

EMILIANO — Han mandado que se adore a los dioses.

FRUCTUOSO— Yo adoro a un solo Dios, el que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto en ellos se contiene.

EMILIANO — ¿Es que no sabes que hay dioses?

FRUCTUOSO — No lo sé.

EMILIANO — Pues pronto lo vas a saber.

El obispo Fructuoso recogió su mirada en el Señor y se puso a orar dentro de sí.

El presidente Emiliano concluyó:

— ¿Quiénes son obedecidos, quiénes temidos, quiénes adorados, si no se da culto a los dioses ni se adoran las estatuas de los emperadores?

El presidente Emiliano se volvió al diácono Augurio y le dijo: - No hagas caso de las palabras de Fructuoso.


Augurio, diácono, repuso:

- Yo doy culto al Dios omnipotente.

El presidente Emiliano dijo al diácono Eulogio:

- ¿También tú adoras a Fructuoso?


Eulogio, diácono, dijo:

- Yo no adoro a Fructuoso, sino que adoro al mismo a quien adora Fructuoso.

El presidente Emiliano dijo al obispo Fructuoso:

- ¿Eres obispo?

FRUCTUOSO — Lo soy.

EMILIANO — Pues has terminado de serlo.

Y dio sentencia de que fueran quemados vivos.

Cuando el obispo Fructuoso, acompañado de sus diáconos, era conducido al anfiteatro, el pueblo se condolía del obispo Fructuoso, pues se había captado el cariño, no sólo de parte de los hermanos, sino hasta de los gentiles. En efecto, él era tal como el Espíritu Santo declaró debe ser el obispo por boca de aquel vaso de elección, el bienaventurado Pablo, doctor de las naciones. De ahí que los hermanos que sabían caminaba su obispo a tan grande gloria, más bien se alegraban que se dolían.

De camino, muchos, movidos de fraterna caridad, ofrecían a los mártires que tomaran un vaso de una mixtura expresamente preparada; mas el obispo lo rechazó, diciendo:

- Todavía no es hora de romper el ayuno. Era, en efecto, la hora cuarta del día; es decir, las diez de la mañana. Por cierto que ya el miércoles, en la cárcel, habían solemnemente celebrado la estación. Y ahora, el viernes, se apresuraba, alegre y seguro, a romper el ayuno con los mártires y profetas en el paraíso, que el Señor tiene preparado para los que le aman.

Llegados que fueron al anfiteatro, acercósele al obispo un lector suyo, por nombre Augustal, y, entre lágrimas, le suplicó le permitiera descalzarle. El bienaventurado mártir contestó:

- Déjalo, hijo; yo me descalzaré por mí mismo, pues me siento fuerte y me inunda la alegría por la certeza de la promesa del Señor.

Apenas se hubo descalzado, un camarada de milicia, hermano nuestro, por nombre Félix, se le acercó también y, tomándole la mano derecha, le rogó que se acordara de él. El santo varón Fructuoso, con clara voz que todos oyeron, le contestó:

- Yo tengo que acordarme de la Iglesia, extendida de Oriente a Occidente.

Puesto, pues, en el centro del anfiteatro, como se llegara ya el momento, digamos más bien de alcanzar la corona inmarcesible que de sufrir la pena, a pesar de que le estaban observando los soldados beneficiarios de la guardia del pretorio, cuyos nombres antes recordamos, el obispo Fructuoso, por aviso juntamente e inspiración del Espíritu Santo, dijo de manera que lo pudieron oír nuestros hermanos:

- No os ha de faltar pastor ni es posible falte la caridad y promesa del Señor, aquí lo mismo que en lo por venir. Esto que estáis viendo, no es sino sufrimiento de un momento.

Habiendo así consolado a los hermanos, entraron en su salvación, dignos y dichosos en su mismo martirio, pues merecieron sentir, según la promesa, el fruto de las Santas Escrituras. Y, en efecto, fueron semejantes a Ananías, Azarías y Misael, a fin de que también en ellos se pudiera contemplar una imagen de la Trinidad divina. Y fue así que, puestos los tres en medio de la hoguera, no les faltó la asistencia del Padre ni la ayuda del Hijo ni la compañía del Espíritu Santo, que andaba en medio del fuego.

Apenas las llamas quemaron los lazos con que les habían atado las manos, acordándose ellos de la oración divina y de su ordinaria costumbre, llenos de gozo, dobladas las rodillas, seguros de la resurrección, puestos en la figura del trofeo del Señor, estuvieron suplicando al Señor hasta el momento en que juntos exhalaron sus almas.

Después de esto, no faltaron los acostumbrados prodigios del Señor, y dos de nuestros hermanos, Babilán y Migdonio, que pertenecían a la casa del presidente Emiliano, vieron cómo se abría el cielo y mostraron a la propia hija de Emiliano cómo subían coronados al cielo Fructuoso y sus diáconos, cuando aún estaban clavadas en tierra las estacas a que los habían atado. Llamaron también a Emiliano diciéndole:

—Ven y ve a los que hoy condenaste, cómo son restituidos a su cielo y a su esperanza.

Acudió, efectivamente, Emiliano, pero no fue digno de verlos.

Los hermanos, por su parte, abandonados como ovejas sin pastor, se sentían angustiados, no porque hicieran duelo de Fructuoso, sino porque le echaban de menos, recordando la fe y combate de cada uno de los mártires.

Venida la noche, se apresuraron a volver al anfiteatro, llevando vino consigo para apagar los huesos medio encendidos. Después de esto, reuniendo las cenizas de los mártires, cada cual tomaba para sí lo que podía haber a las manos […]

¡Oh bienaventurados mártires, que fueron probados por el fuego, como oro precioso, vestidos de la loriga de la fe y del yelmo de la salvación; que fueron coronados con diadema y corona inmarcesible, porque pisotearon la cabeza del diablo! ¡Oh bienaventurados mártires, que merecieron morada digna en el cielo, de pie a la derecha de Cristo, bendiciendo a Dios Padre omnipotente y a nuestro Señor Jesucristo, hijo suyo!

Recibió el Señor a sus mártires en paz por su buena confesión, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(BAC 75, 788-794)

XV Domingo de Lucas. Evangelio de la Divina Liturgia


Lc 19,1-10: Jesús entró en Jericó y atravesaba la cuidad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era el jefe de los publicanos. El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador». Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más». Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

martes, 16 de enero de 2018

16/01 - San Quirico, obispo de Barcelona


Quírico fue obispo de Barcelona en la segunda mitad del siglo VII, aunque no se conocen con exactitud los años de su pontificado. Su nombre aparece entre los firmantes de las actas del X Concilio de Toledo del año 656. Es posible que hubiera accedido al cargo poco antes, tras el VIII Concilio de Toledo del 653. Por lo que se refiere a su muerte, se suele aceptar que ésta se produjo en torno al año 666. Esta última fecha se deduce de la posición que su sucesor Idalio ocupa en las suscripciones de las actas conciliares.

Se carteó con Ildefonso de Toledo y con Tajón de Zaragoza, intercambio epistolar del que hemos conservado dos cartas dirigidas al primero y una al segundo. Se le adjudica asimismo la paternidad de un himno en honor a Eulalia de Barcelona, composición en la que se le atribuye también la construcción de un convento junto al sepulcro de la santa.

Por lo que se refiere a las dos cartas dirigidas a Ildefonso, la primera se encuadra en el viaje que Quírico realizó a la capital del reino en el año 656 con motivo del X Concilio de Toledo. Entre los asuntos discutidos en este sínodo, se aprobó en primer lugar una fecha fija para la celebración de la fiesta de Santa María, el 18 de diciembre. En este ambiente de devoción mariana se situaría el ofrecimiento por parte de Ildefonso, a la sazón abad del monasterio de Agali, en las cercanías de Toledo, de una copia de su De uirginitate perpetua sanctae Mariae (CPL 1247) a su amigo Quírico. De vuelta a Barcelona, Quírico escribió a finales del 656 o a principios del 657 una carta de agradecimiento por el regalo recibido en la que explica el solaz que la lectura de esta obrita le ha reportado y en la que ensalza la capacidad de Ildefonso de hacer inteligible a todos, pequeños y grandes, el misterio de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo. Hemos conservado también la respuesta del propio Ildefonso a esta misiva en la que éste hace recaer todo el mérito de su obra en Dios.

En la segunda carta, escrita entre los años 657 y 666, Quírico anima al por entonces ya obispo de Toledo a que, haciendo uso del talento recibido por obra del Espíritu Santo, continúe con sus estudios y arroje luz sobre los pasajes oscuros de las Sagradas Escrituras, pues muchos serán los que se beneficien de semejante trabajo. Esta misiva de ánimo concluye con una petición personal, pues Quírico ruega al prelado toledano que le envíe todo cuanto escriba. Como en el caso anterior, también ha llegado hasta nosotros la carta de respuesta de Ildefonso, quien confiesa que sus obligaciones le impiden consagrarse por completo al estudio de las Escrituras (cf. ILDEFONSO DE TOLEDO).

La tercera misiva que conservamos de este obispo es la que dirigió a Tajón de Zaragoza. Éste había enviado a Quírico un ejemplar de sus Sentencias, obra en la que se ofrece de forma asequible una exposición de los principales aspectos de la doctrina cristiana utilizando para ello los escritos de Isidoro de Sevilla, Agustín de Hipona y, sobre todo, Gregorio Magno. La obra había sido escrita a instancias del propio Quírico, como indica la carta prefacio que la encabeza, por lo que Tajón le había ofrecido un ejemplar para que la leyera y, por lo visto, también para que la copiara. Parece ser que Quírico dilató demasiado la devolución del manuscrito que se le había prestado, lo que supuso el requerimiento por parte de Tajón. Por fin, el obispo de Barcelona escribe una carta en la que loa el trabajo que Tajón ha llevado a cabo y lo anima a proseguirlo, al tiempo que se disculpa por el retraso en el envío del manuscrito. La carta de Quírico se incorporó a los manuscritos que transmiten las Sentencias, por lo que su fortuna ha corrido paralela a esta obra de Tajón.

Se atribuye también a Quírico la composición de un himno en honor de santa Eulalia de Barcelona: Fulget hic honor sepulcri (Chevalier 6627; cf. HIMNARIO VISIGÓTICO-MOZÁRABE). Compuesto en septenarios trocaicos cuantitativos, está formado por catorce estrofas de tres versos cada una (= 42 versos).


Fuente: www.larramendi.es

sábado, 13 de enero de 2018

14/01 - San Julián, Obispo de Toledo


"Nació en la misma ciudad de Toledo, recibió el bautismo en la iglesia catedralicia de Santa María y fue educado en los claustros de dicho templo." Así nos introduce en la semblanza de San Julián el primero de sus biógrafos e inmediato sucesor en la sede metropolitana. De estirpe judía, aunque de padres ya cristianos, su nacimiento vino a ser como flor lozana y fragante que redime de espinas a la zarza en que brotó.

Muy niño, este toledano auténtico fue ofrecido por sus padres para que en calidad de oblato se educase en los claustros de la basílica metropolitana para el servicio del santuario.

Allí recibió su formación espiritual y literaria bajo la dirección del preceptor Eugenio, el más distinguido poeta de toda la época y que, después de haber regido como metropolitano la sede toledana, es hoy venerado como santo.

Durante el tiempo de permanencia en el atrio episcopal, Julián trabó estrechísima amistad con su compañero Gudila y se resalta el paralelismo de aquellas dos vidas destinadas a ocupar puestos de gran relieve en la administración eclesiástica de su tiempo. Hubo un momento en la vida de ambos en el que de mutuo acuerdo pensaron seriamente en abrazar la vida monástica, deseosos de mayor perfección, mas, después de pedir ahincadamente la iluminación celestial y el consejo de los prudentes, decidieron continuar en el orden secular, ascendiendo paulatinamente por los grados de la jerarquía.

La personalidad de Julián se abrillanta cada día más en el candelero enhiesto que era la ciudad real. Fue sobre todo desde la muerte de San Ildefonso cuando descuella y alcanza creciente celebridad en sus ministerios de diácono y presbítero. El conjunto de dotes naturales, la experiencia y maestría reveladas en el cumplimiento de los cargos desempeñados, en la recta gestión de los asuntos, en el trato social, en la digna manera de comportarse; el prestigio de sus virtudes y de su saber hicieron de Julián un dechado que Toledo entero podía admirar y que no podía ocultarse como luz bajo el celemín. Era el "varón de consumada prudencia".

A la terminación del verano del 679 su alma recibió un golpe durísimo con la muerte de su entrañable amigo, a la sazón arcediano, Gudila. A principios de enero del año siguiente moría también el metropolitano Quirico. La sede-vacante duró breves días, pues los electores unánimemente designaron para ocupar la silla de Toledo al esclarecido clérigo Julián, elegido el 16 de enero del 680 y consagrado el domingo, día 29, en el marco opulento de la basílica de Santa María por el obispo de Játiva.

Alrededor de los sesenta años debía de contar el nuevo metropolitano, cuando recayó sobre él la pesada carga del arzobispado de Toledo, que unía a las responsabilidades comunes de los otros prelados las que particularmente se relacionaban con las peculiares de ser obispo de la sede real y metropolitano de la provincia cartaginense, integrada por una veintena de diócesis sufragáneas, con cuyos prelados había de celebrar frecuentes consultas para el mejor resultado de las gestiones pastorales y civiles, someterlos a su propio tribunal, cuando la conducta de éstos así lo exigiera, y convocarles a concilio según las normas canónicas de la iglesia hispana.

Era tal la amplitud de funciones y de ejercicio de la Jurisdicción, que es fácil suponer la actividad del nuevo metropolitano.

En los comienzos del pontificado, un hambre horrenda fustigó a España. Las muertes por inanición se multiplicaban por doquier. Con tal motivo Julián hubo de desvivirse para remediar a los necesitados en grado tal, que las fuentes visigóticas, que apenas aluden en ningún momento a la beneficencia, reservan para el metropolitano de Toledo unas frases llenas del mayor encomio: "No podía ver que nadie estuviera necesitado sin lanzarse inmediatamente en su socorro, y fue tan extraordinaria su caridad, que jamás negaba cosa alguna al que se le acercaba; con tal modo de proceder buscaba hacerse grato a Dios y útil a los hombres".

Un asunto de enorme trascendencia política se produjo cuando apenas llevaba ocho meses ocupando la sede toledana. Traidoramente se había suministrado un narcótico al rey Wamba y durante el sopor producido por el bebedizo, el conde Ervigio, taimado autor de la felonía, hizo llamar al metropolitano a la residencia real y en ella le mostró un documento firmado por el monarca, a quien todos los ajenos a la conjura consideraban gravemente enfermo y sin sentido. En este documento, que el arzobispo vio refrendado por la suscripción real, el rey manifestaba vehementes deseos de morir con la profesión y hábito de penitente público. Engañado con tamaña falacia, procedió Julián a tonsurar al inconsciente monarca, reduciéndole al estado penitencial, por lo que quedaba incapacitado, si recuperaba la salud, para continuar ocupando el trono.

La añagaza de Ervigio para adueñarse del cetro visigótico hizo de San Julián un cómplice inconsciente, pues debe descartarse toda voluntariedad en la farsa, ya que, posteriormente a ella, a la pluma ágil del metropolitano de Toledo se debe la mejor apología del depuesto monarca.

Por el bien de la paz, el gran ideal de la iglesia hispana, se aceptó el hecho consumado y el arzobispo se vio compelido por la fuerza de las circunstancias a acatar la elección de Ervigio, reconocido como rey por quienes en la legislación vigente eran los legítimos electores.

Otro incidente serio se produjo con ocasión de haberse recibido en España para la adhesión del episcopado peninsular las actas del concilio tercero de Constantinopla, sexto de los ecuménicos. A la expresa aceptación de los obispos españoles, Julián, fogoso teólogo, adicionó un escrito donde se encontraron expresiones que en la curia pontificia parecieron malsonantes, sobre todo en aquella época en la que cualquier impropiedad de léxico podía acarrear tolvaneras de polémica, Al conocer el metropolitano la sospecha de heterodoxia, surgida en Roma sobre la pureza de su fe, tuvo una reacción enérgica; redactó otro escrito, avalado con testimonios de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, y lo remitió al Romano Pontífice con sensibles muestras de enojo, deslizando en él palabras duras para los contradictores. Esta nueva explicación, impecable desde el punto de vista teológico, satisfizo plenamente y traducida al griego se hizo llegar hasta el palacio imperial de Bizancio y tanto aquí como en la corte pontificia del papa Agatón mereció los más cumplidos elogios.

Fue durante su episcopado cuando la sede toledana alcanzó su más alto nivel en la jerarquía eclesiástica nacional. Celebrábase en los primeros días de enero del 681 el XII Concilio de Toledo. Tuvo carácter de asamblea nacional de todos los obispos del reino y en él se reunieron treinta y nueve prelados. El hecho de que Toledo fuera la sede metropolitana de la corte y el sistema en uso de la intervención real en el nombramiento de los cargos eclesiásticos inspiró la idea de que, para la mayor rapidez en la terminación de las sedes vacantes, los restantes metropolitanos cedieran en favor del de Toledo sus derechos de examen y confirmación de los obispos electos, quienes únicamente quedaban obligados a presentarse ante su respectivo arzobispo en el plazo de tres meses posteriores a su consagración. Esto, que canónicamente fue una norma de gobierno, acrecentó extraordinariamente la figura jerárquica del metropolitano de Toledo. A partir de "tan singular prerrogativa" —así se la designa en los textos conciliares—, el arzobispo de Toledo adquiere una indiscutible preeminencia sobre todos los prelados del reino. El será el primero en estampar su firma en las actas de los concilios y en presidir las sesiones sin guardar para nada el orden acostumbrado de antigüedad en la sede; en los casos de urgencia es él quien resuelve; muy en breve será su provincia la primera en reunirse para dar la norma a las demás sobre la citada adhesión al concilio, ecuménico de Constantinopla, mandando los demás metropolitanos sus representantes al sínodo de Toledo. En pocas palabras, tenemos la primacía de la iglesia toledana surgida canónicamente en los tiempos en que el metropolitano Julián vive el primer año de pontificado. La densa biografía de este insigne prelado, el más preclaro sin duda entre los celebérrimos que ocuparon la sede a lo largo del siglo VII, es difícil de condensar en una breve semblanza.

Hay, sin embargo, un aspecto, el de su producción literaria, que no puede ser pasado por alto. En la nota bibliográfica se elencan las obras llegadas hasta nosotros. En ellas se atiende a las necesidades presentes y todas manifiestan un clima de madurez, un perfilado estilo literario y una agudeza de pensamiento, que coronan el ciclo intelectual iniciado con San Isidoro a principios de la centuria.

El domingo, 6 de marzo del 690, fallecía San Julián a los diez años, un mes y siete días de haber ocupado la silla toledana. Su cuerpo, como el de sus antecesores, recibió sepultura en la basílica martirial de Santa Leocadia, junto al venerado cuerpo de la Santa.

Quien le trató íntimamente durante la vida y le sucedió a su muerte, nos ha dejado el más cumplido panegírico de sus virtudes episcopales.

Fue —escribe— limosnero con exceso, si en ello puede darse exceso, acudiendo prontamente al socorro de los desgraciados y poniéndose en el lugar de los débiles oprimidos.

"En sus intervenciones era discreto, y valiente en la resolución de los negocios intrincados; justo en dirimir los juicios, estuvo siempre inclinado a la aminoración de la pena, y dispuesto siempre a salir por los fueros de la justicia".

"Uníanse a estas dotes el laudable dominio de sí durante los debates, la fluidez de su palabra y la admirable devoción sentida por la exactitud en el rezo de las divinas alabanzas, estando siempre pronto para salir al paso de la más leve duda surgida sobre ello.

"Cuidadoso en extremo de la iluminación de los templos, se mostró eximio en vindicar el derecho de las basílicas, alerta en el gobierno de los súbditos y preparado siempre para escuchar a los humildes".

"Si en el ejercicio de tan alto cargo quiso rodearse de la magnificencia digna de su autoridad, privadamente estaba dotado de una humildad evangélica y sobresalía por la probidad integral de sus costumbres".

"Fue tal su misericordia que jamás hubo angustiado a quien no procurase aliviar, y era tan caritativo que nunca negó lo que por caridad se le pedía.

"De esta forma trabajó por hacerse agradable a Dios en todo y útil a los hombres, consiguiendo siempre agradar a Aquél y, en cuanto le fue posible, satisfacer a éstos por Dios.

"Y si en los dotes naturales no fue inferior a ninguno de sus nobles predecesores, tampoco les fue desigual por la abundancia de sus dignos merecimientos".

Tan bella apología que, como una estela laudatoria de su preclara existencia ha llegado hasta nosotros, se centra en torno a las tres grandes virtudes episcopales: celo, justicia y caridad, en las que sobresalió en grado preeminente, aunque la posteridad le estime más por la herencia recibida de su insigne magisterio doctrinal.

J. FRANCISCO RIVERA