sábado, 30 de abril de 2016

Sexta-feira Santa no Estoril

Gran y Santo Viernes en la Catedral de Madrid

29/04/2016 Fotografías gentileza de Antonio Wang.

Publicado por Sacra Metrópolis de España y Portugal - Patriarcado Ecuménico en Sábado, 30 de abril de 2016

"El Milagro del Fuego Santo en Jerusalén". Testimonio del Prof. Niels Christian Hvidt en 1998


"El Sábado Santo, los creyentes se reúnen, en grandes multitudes, en la Iglesia del Santo Sepulcro. Ya que en este día, baja Fuego del Cielo y enciende las lámparas en la Iglesia". Esto es lo que se lee en uno de los muchos itinerarios de la Pascua en Tierra Santa.

"El Milagro del Fuego Santo" es conocido, por los Cristianos de las Iglesias Ortodoxas, como "El más grande de todos los milagros Cristianos". Tiene lugar cada año, a la misma hora, de la misma manera, y en el mismo lugar. No se conoce de ningún otro milagro que ocurra, de manera tan regular, y por un período de tiempo tan extenso. Se puede lee acerca de él en fuentes tan antiguas, como las del siglo octavo después de Cristo. El milagro ocurre en La Iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén, la cual es, para millones de creyentes, el lugar más sagrado sobre la Tierra. La Iglesia del Santo Sepulcro es un sitio enigmático, en sí mismo. Los teólogos, historiadores y arqueólogos consideran que la Iglesia contiene tanto el Gólgota, la pequeña colina en la cual Jesucristo fue crucificado, como la "tumba nueva", cerca del Gólgota, que recibió Su Cuerpo Muerto, como se lee en los Evangelios. Es en este mismo punto que los Cristianos creen que Él resucitó de entre los muertos.

Uno puede rastrear el milagro, a través de los siglos, en los muchos itinerarios de Tierra Santa. El abad ruso Daniel, en su itinerario, escrito en los años 1106 y 1107, presenta el "Milagro de la Luz Santa", de una manera muy detallada, así como las ceremonias que lo enmarcan. Él recuerda cómo el Patriarca entra en la capilla-Sepulcro (la Anastasis), con dos velas apagadas. El Patriarca se arrodilla frente a la piedra, sobre la cual Cristo fue colocado después de Su Muerte, y dice ciertas oraciones, después de las cuales ocurre el milagro. La Luz emana desde el centro de la piedra: una Luz azúl indefinible, que después de un tiempo, enciende las lámparas de aceite apagadas, al igual que las dos velas del Patriarca. Esta Luz es "El Fuego Santo", y se propaga a todas las personas presentes en la Iglesia. La ceremonia del "Milagro del Fuego Santo" es, tal vez, la ceremonia Cristiana, más antigua e ininterrumpida en el mundo. Desde el siglo cuarto después de Cristo, hasta nuestros días, diversas fuentes hablan del asombroso milagro. Por lo escrito, en estas fuentes, es claro que el milagro ha sido celebrado en el mismo punto, en el mismo día de Pascua, y en el mismo esquema litúrgico, a través de todos estos siglos. Uno se puede preguntar, si esto ocurrirá también en el año 1998.

Con el fin de averiguarlo, viajé a Jerusalén para estar presente en la ceremonia, en la cual el Milagro del Fuego Santo ocurre, y puedo dar testimonio de que no solo ocurrió en la antigua Iglesia, y durante toda la Edad Media, sino también el 18 de abril de 1998. El Patriarca Griego Ortodoxo de Jerusalén, Diódoro I, es el hombre que, cada año, entra al Sepulcro para recibir el Fuego Santo. Él ha sido el Patriarca de Jerusalén, desde 1982 y, por lo tanto, es el testigo clave del milagro. Previamente a la ceremonia de este año, el Patriarca me recibió, en audiencia privada, donde tuve la oportunidad de hablar con él acerca del milagro, con el fin de saber, exactamente, qué sucede en el sepulcro, y qué significado personal tiene el milagro para él, en su vida espiritual. Además, por su intervención, fui admitido a los balcones en el domo de la Iglesia del Santo Sepulcro, desde donde tuve una buena vista de la gran cantidad de gente que se había reunido alrededor del Sepulcro, en anticipacioó al "Gran Milagro del Fuego Santo".

¿Pero, qué exactamente, sucede en la Iglesia del Santo Sepulcro el Sábado de Pascua?. ¿Por qué tiene tal impacto en la Tradición Ortodoxa?. ¿Por qué parece que nadie sabe del milagro, en los países Protestantes y Católicos?

El milagro ocurre cada año en el Sábado de la Pascua Ortodoxa. Hay muchos tipos de Cristianos Ortodoxos: Sirios, Armenios, Rusos y Griegos Ortodoxos, al igual que Coptos. Tan solo en la Iglesia del Santo Sepulcro, hay 7 distintas denominaciones Cristianas. La fecha de la Pascua Ortodoxa se determina de acuerdo al Calendario Juliano, y no en base al Calendario Gregoriano de Europa Occidental, lo que significa que su Pascua, normalmente, ocurre en una fecha distinta a la fecha de la Pascua Protestante y la Católica.

Desde que Constantino, el Grande, construyó la Iglesia del Santo Sepulcro, a mediados del siglo cuarto, ha sido destruida muchas veces. Los Cruzados construyeron la Iglesia que vemos, hoy en día. Alrededor del Sepulcro de Jesús fue erigida una pequeña capilla con dos cuartos: uno pequeño frente al Sepulcro, y lel a propio Sepulcro, en donde no caben más de cinco personas. Esta capilla es el centro de los acontecimientos hechos milagrosos, y el estar presente en la celebración, justifica, totalmente, el término "acontecimiento", ya que la Iglesia del Santo Sepulcro, no se llena de esa manera, en ningún otro día del año. Si uno desea entrar, tiene que calcular seis horas de formar fila. Cada año, cientos de personas no pueden entrar debido a las multitudes. Acuden peregrinaciones de todas partes del mundo, la mayoría de Grecia, pero en años recientes, ha aumentado el número de asistentes rusos, y de lo que eran los países de Europa Oriental.

Con el fin de estar tan cerca del Sepulcro, como sea posible, las peregrinaciones acampan alrededor de la Capilla-Sepulcro, esperando desde la tarde del Viernes Santo, en anticipación a la maravilla del Sábado Santo. El milagro ocurre a las 2.00 P.M. pero, desde las 11.00 A.M., la Iglesia está completamente llena.

Desde las 11:00 A.M., y hasta la 1 P.M., los árabes Cristianos entonan cantos tradicionales, a todo pulmón. Estos cantos datan de los tiempos de la ocupación turca, de Jerusalén en el Siglo 13, un período, en el cual, a los Cristianos no se les permitía cantar sus cantos, en ninguna parte, más que en las Iglesias. "Somos los Cristianos, lo hemos sido por siglos, y esto seremos por siempre. ¡Amén!", cantan, fuertemente, acompañados por el sonido de tambores. Los músicos que tocan los tambores, se sientan sobre los hombros de otros, quienes danzan alrededor de la Capilla del Sepulcro. Pero, a la 1:00 P.M., las canciones se terminan, y hay silencio, un silencio tenso y electrificado, por la anticipación de la gran manifestación del Poder de Dios que todos están a punto de atestiguar.

A la 1:00 P.M., una delegación de las autoridades locales, atraviesan por la multitud. Aunque estos oficiales no son Cristianos, son parte de las ceremonias. En los tiempos de la ocupación turca de Palestina, eran turcos Musulmanes, hoy son israelíes. Durante siglos, la presencia de estos oficiales ha sido una parte integrante de la ceremonia. Su función es la de representar a los romanos, en tiempos de Jesús. Los Evangelios hablan de los romanos que fueron a sellar la Tumba de Jesús, para que Sus Discípulos no se robaran Su Cuerpo, y dijeran que había resucitado. De la misma manera, las autoridades israelíes, este Sábado de Pascua, acuden y sellan el Sepulcro, con cera. Antes de que sellen la puerta, es costumbre que entren al Sepulcro a revisar que no haya ninguna fuente oculta que, fraudulentamente, pudiera producir el milagro del fuego. Tal y como los romanos estuvieron presentes para garantizar que no hubiera manipulación después de la muerte de Jesús, ahora, las autoridades locales israelíes se encuentran aquí para garantizar que no haya engaño en 1998.

Cuando el Sepulcro ha sido revisado y sellado, la Iglesia entera canta el Kyrie Eleison (Señor, ten misericordia). A la 1:45 P.M., el Patriarca entra en escena. Al final de una gran procesión, rodea el Sepulcro tres veces, después de lo cual, es desvestido de sus vestiduras litúrgicas reales, llevando solo su alba blanca, una señal de humildad frente a la gran Potencia de Dios, de la cual, va a ser el testigo clave. Todas las lámparas de aceite han sido apagadas la noche anterior, y ahora, toda la luz artificial se apaga, de manera que, la mayoría de la Iglesia está envuelta en la obscuridad. Con dos grandes velas, el Patriarca entra a la Capilla del Santo Sepulcro: primero al pequeño cuarto frente al Sepulcro, y de ahí, al Sepulcro Mismo.

No es posible seguir los hechos dentro del Sepulcro, así que le pregunté al Patriarca de Jerusalén, Diódoro I, acerca del centro de los acontecimientos.

"¿Su Beatitud, qué ocurre cuando usted entra en el Santo Sepulcro?".

"Entro al Sepulcro, y me arrodillo, en santo temor, frente al lugar donde Cristo yacía después de Su Muerte, y donde Él resucitó, de entre los muertos. Orar en el Santo Sepulcro, en sí mismo, es siempre para mí, un momento muy sagrado, en un lugar muy sagrado. Es aquí, donde Él resucitó, con Gloria, y es de aquí, desde donde Él propagó Su Luz al mundo. Juan, el Evangelista, escribe en el primer capítulo de su Evangelio, que Jesús es la Luz del Mundo. Al arrodillarnos frente al lugar donde Él resucitó de los muertos, somos partícipes de la cercanía inmediata de Su Gloriosa Resurrección. Los Católicos y los Protestantes llaman a esta Iglesia, "La Iglesia del Santo Sepulcro". Nosotros la llamamos "La Iglesia de la Resurrección". La Resurrección de Cristo, para nosotros, los Ortodoxos, es el centro de nuestra fe. En Su Resurrección, Cristo ha ganado la victoria final sobre la muerte, no solo Su Propia Muerte, sino la muerte de todos aquéllos que permanecerán cerca de Él".

"No creo que sea coincidencia que el Fuego Santo llegue, exactamente, en este punto. En Mateo 28,3, se dice que cuando Cristo resucitó de entre los muertos, vino un ángel, vestido de una Luz temerosa. Creo que la Luz sorprendente que envolvía al ángel, en la Resurrección del Señor, es la misma Luz que aparece, milagrosamente, cada Sábado de Pascua. Cristo quiere recordarnos que Su Resurrección es una realidad, y no sólo un mito. Él, realmente, vino al mundo, con el fin de dar el Sacrificio necesario, a través de Su Muerte y Resurrección, para que el hombre pudiera ser reunido con Su Creador."

"Busco mi camino, a través de la obscuridad, hacia la cámara interna, en la cual, caigo de rodillas. Aquí, digo ciertas oraciones que nos han sido dadas a través de los siglos y, habiéndolas dicho, espero. Algunas veces, espero unos cuantos minutos, pero, normalmente, el milagro ocurre inmediatamente después de que he dicho las oraciones. Desde el centro de la misma piedra, en la cual Jesús yació, surge una Luz indefinible. Generalmente, tiene un tinte azúl, pero el color puede cambiar y tomar muchos matices diferentes. No puede ser descrita en términos humanos. La Luz se eleva de la piedra, como la niebla se eleva de un lago. Parece que la piedra estuviera cubierta por una nube, pero es Luz. Cada año, esta Luz se comporta de manera diferente. Algunas veces cubre solamente la piedra, mientras que otras veces, ilumina todo el Sepulcro, para que las personas que están paradas afuera de Él, puedan verlo lleno de esta Luz. La Luz no quema. En los dieciseis años que he sido Patriarca, en Jerusalén, y he recibido el Fuego Santo, nunca se me ha quemado la barba. La Luz es de una consistencia distinta al fuego normal que arde en una lámpara de aceite."

"En cierto momento, la Luz se eleva y forma una columna, en la cual el Fuego es de una naturaleza diferente, por lo que puedo encender mis velas de Él. Una vez que recibí la Llama en mis velas, salgo y doy el Fuego, primero al Patriarca Armenio, y luego, al Copto. Después, doy la Llama a todas las personas presentes en la Iglesia".

"¿Cómo experimenta usted el milagro, y qué significa para su vida espiritual?".

"Cada año, el milagro me conmueve, con la misma intensidad. Cada vez, es un paso más hacia mi conversión. Personalmente, es un gran consuelo contemplar la Fidelidad de Cristo hacia nosotros, la cual Él demuestra al darnos la Santa Llama, cada año, a pesar de nuestras fragilidades y fallas. Experimentamos muchas maravillas en nuestras Iglesias, y los milagros no son nada raro para nosotros. Sucede a menudo, que los íconos lloran, cuando el Cielo quiere mostrar su cercanía con nosotros. También tenemos santos, a quienes Dios les da muchos dones espirituales. Pero ninguno de estos milagros tiene un significado, tan penetrante y simbólico para nosotros, como el milagro del Fuego Santo. El milagro es casi como un Sacramento. Hace la Resurrección de Cristo presente, como si hubiera muerto, sólo hace algunos años".

Mientras el Patriarca está dentro de la capilla, arrodillado frente a la piedra, afuera hay obscuridad, pero no silencio. Se escucha un fuerte murmullo, y el ambiente está muy tenso. Cuando el Patriarca sale con las dos velas encendidas, que resplandecen, brillantes, en la obscuridad, un grito de júbilo resuena en la Iglesia, comparable solo al grito de gol en una partido de futbol.

El milagro no se limita a lo que ocurre dentro del Pequeño Sepulcro, donde el Patriarca ora. Lo que es más significante es, que se ha reportado que la Luz azúl aparece fuera del Sepulcro. Cada año, muchos creyentes dicen que esta Luz milagrosa, por sí misma, enciende las velas que ellos sostienen en sus manos. Todos en la Iglesia esperan, con velas, con la esperanza de que éstas se enciendan espontáneamente. A menudo, las lámparas de aceite cerradas, se prenden por sí mismas, ante los ojos de los peregrinos. Se ha visto a la Llama azúl, moverse en diferentes lugares de la Iglesia. Varios testimonios firmados por los peregrinos, cuyas velas se prendieron espontáneamente, testifican la validez de estos hechos. La persona que, a cierta distancia del Sepulcro, experimenta el milagro de ver su vela encendida, o el ver la Luz azúl, generalmente, se va de Jerusalén cambiado, y para todos los que asistieron a la ceremonia, siempre hay un "antes y después" del Milagro del Fuego Santo en Jerusalén.

Uno se puede preguntar por qué el Milagro del Fuego Santo es casi desconocido en Europa Occidental. En las areas Protestantes, en cierta forma, se puede explicar por el hecho de que no hay una verdadera tradición para los milagros. La gente no sabe como clasificarlos, y éstos casi no se publican en los periódicos. Pero, en la tradición Católica existe un gran interés por los milagros. Entonces, ¿por qué casi no se conoce?. Sólo una explicación es suficiente: la política en la Iglesia. Sólo las Iglesias Ortodoxas asisten a la ceremonia, enmarcando el milagro. Sólo ocurre en la fecha de la Pascua Ortodoxa, y sin la presencia de las autoridades Católicas. Para ciertos Ortodoxos, esta evidencia es prueba de la noción de que la Iglesia Ortodoxa es la única Iglesia legítima de Cristo, en el mundo, y esta aseveración, obviamente, puede ocasionar ciertas inquietudes, en los círculos Católicos.

Como con cualquier otro milagro, hay personas que creen que esto es un fraude, y solamente una obra maestra de propaganda Ortodoxa. Creen que el Patriarca tiene un encendedor dentro del Sepulcro. Estas críticas, sin embargo, se enfrentan a un número de problemas. Los cerillos, y otros instrumentos para encender fuego, son inventos recientes. Hasta hace sólo algunos cientos de años, encender un fuego era una tarea que requería mucho más tiempo, que los pocos minutos que el Patriarca está dentro del Sepulcro. Tal vez, se podrá decir que él tiene una lámpara encendida adentro, de la cual él enciende las velas, pero las autoridades locales confirman haber revisado el Sepulcro, y no encontraron ninguna luz dentro.

Sin embargo, los más grandes argumentos contra un fraude, no son los testimonios de los distintos patriarcas.  Los retos más grandes, que confrontan los críticos, son los miles de testimonios independientes de los peregrinos, cuyas velas fueron encendidas, espontáneamente, frente a sus ojos, sin ninguna explicación posible. De acuerdo con nuestras investigaciones, nunca ha sido posible filmar el momento en que las velas, o las lámparas de aceite se encienden por sí mismas. Sin embargo, tengo una cinta filmada por un joven ingeniero de Belén, Souhel Nabdiel. El señor Nabdiel ha estado presente en la ceremonia del Fuego Santo, desde su niñez. En 1996, se le pidió que filmara la ceremonia desde el balcón del domo de la Iglesia. Junto a él, en el balcón, estaban una religiosa y otros cuatro creyentes. La religiosa estaba a la derecha de Nabdiel. En el video, se observa que él filma hacia abajo, enfocando a las multitudes. En cierto punto, todas las luces se apagan, es el momento que el Patriarca entra al Sepulcro, y toma el Fuego Santo. Mientras, el se encuentra todavía dentro del Sepulcro, se escucha, de repente, un grito de sorpresa y asombro, de la religiosa parada junto a Nabdiel. La cámara empieza a moverse, mientras se escuchan las voces agitadas de las otras personas presentes en el balcón. Entonces, la cámara gira a la derecha, siendo posible contemplar el motivo de la emoción. Una gran vela, sostenida por la religiosa rusa, se enciende frente a todas las personas ahí presentes, antes de que el Patriarca salga del Sepulcro. Con manos temblorosas, ella sostiene la vela, mientras una y otra vez, hace la señal de la Cruz, asombrada por el milagro que ha atestiguado. Este video parece ser lo más cercano a una filmación del milagro.

Este milagro, como muchos otros, están rodeados de factores inexplicables. Como dijo el Arzobispo de Tiberias, Alexios, cuando me encontré con él en Jerusalén:

"El milagro nunca ha sido filmado, y probablemente, nunca lo será. Los milagros no pueden ser probados. Se requiere fe para que un milagro traiga fruto en la vida de una persona, y sin este acto de fe, no hay milagro, en sentido estricto. El verdadero milagro, en la tradición Cristiana, tiene un solo propósito: extender la Gracia de Dios a la creación, y Dios no puede extender Su Gracia, sin fe por parte de Sus Criaturas. Por lo tanto, no puede haber milagro sin fe."

Niels Christian Hvidt, 1998
http://www.hvidt.com


viernes, 29 de abril de 2016

"El Misterio de la Trinidad. Curso de teología ortodoxa". Boris Bobrinskoy


Este libro es un clásico de la teología dogmática ortodoxa. Es el fruto de la enseñanza impartida por el autor durante casi treinta años en el instituto de teología ortodoxa Saint-Serge de París.

Fiel a la tradición doctrinal de la Iglesia ortodoxa, refleja el pensamiento de los Padres de la Iglesia de Oriente desde los tiempos apostólicos hasta el fin de la época bizantina.

La doctrina teológica de los Padres es inseparable de la oración pública. Ellos han expresado de la forma más auténtica y viva, en la creación litúrgica, la fe común de la Iglesia.

El misterio trinitario se despliega en el culto y en los sacramentos.

Boris Bobrinskoy nos presenta la Trinidad no sólo como dogma, sino como participación: la Santa Trinidad es una comunión en la que el hombre está invitado a entrar por la divino-humanidad del Hijo. Sus argumentos están fundados ante todo en la Sagrada Escritura y en los Santos Padres para ofrecernos en su curso una orientación pneumatológica, soteriológica y litúrgica.

Tras una atenta exposición de la controversia sobre el Filioque, se dice convencido de que el “filioquismo” debe integrarse en una concepción “católica” más amplia del misterio de la Trinidad.

Boris Brobrinskoy (París 1925), sacerdote ortodoxo, ha sido durante mucho tiempo rector de la parroquia ortodoxa de la Santa Trinidad de París, profesor en el Institut de Théologie Ortodhoxe Saint-Serge desde 1953 y en el Institut supérieur d’Études oecumeniques, miembro de la comisión mixta del Diálogo Teológico Católico-Ortodoxo y también de la comisión “Foi et Constitution” del consejo ecuménico de las Iglesias. Es uno de los fundadores de la Fraternidad ortodoxa en Europa occidental. Doctor honoris causa por la Universidad de Friburgo. Entre sus numerosos estudios publicados, se cuentan, aparte del actual, los libros La compasión du Père (2000), La vie liturgique (2000), Le mystère de l’Eglise (2003), Le Feu sur la terre. Mélanges Boris Bobrinskoy (2005, recopilación de escritos con motivo de sus 80 años de vida).

FICHA

Autor: Boris Bobrinskoy
ISBN: 9788496488281
Colección: Pensar a Dios 6
Páginas: 363
Precio: 22,00 €
Encuadernación: Rústica
Formato: 13,5 x 22 cm.


Patriarchal Encyclical for Holy Pascha 2016


Prot. No. 450

B A R T H O L O M E W
By God’s Mercy Archbishop of Constantinople-New Rome
and Ecumenical Patriarch
To the Plenitude of the Church
Grace, Peace and Mercy from Christ, who has Risen in Glory

***
Beloved brothers and sisters in the Lord,

We wholeheartedly address you from the See of the Ecumenical Patriarchate with the joyous greeting “Christ is risen!” The resurrection of Christ is the center of our Orthodox faith. Without the resurrection, our faith is “in vain” (1 Cor. 15:14). Through His resurrection, the divine Word rendered humanity – created in the image of God but wounded and stained by sin – incorrupt and deified, granting us once again the possibility of achieving divine likeness, of which we were deprived through disobedience.

However, what does the feast of Pascha signify as the victory of life over death in a world of violence and war, especially in the name of religion and God?

Many philosophers endeavored to find a solution to the problem of death and to overcome death with various theories. We Orthodox Christians celebrate the resurrection of Christ from the dead and boldly declare the destruction of death. We know that it is the Word of God who bestows life and in whom “was life” (John 1:4). We have the joyful experience of the Church, that death was conquered through the resurrection of Christ. “All things have been filled with joy, having received the experience of resurrection.” This faith brightens all expressions of church life and culminates in the divine Eucharist. The fact that, in the Christian world, it is especially the Orthodox Church that preserved the divine Eucharist as the center of its life and spirituality is inseparably related to the fact that the resurrection is the nucleus of our faith, worship and ecclesiastical ethos. For this reason, the Eucharistic liturgy is always festive, joyous, and primarily linked with the Lord’s day as the day of the resurrection.

The most striking expression and interpretation of the resurrection as well as of its regenerative power is the image of the descent of our Lord Jesus Christ to Hades, as this is wonderfully depicted at the Chora Monastery in Constantinople. The Lord of glory descends to the depths of Hades, destroying its gates, arising victorious and resurrecting Adam and Eve in Himself, and in so doing resurrects the entire human race from beginning to end. “Now, all things have been filled with light, heaven and earth and all things beneath the earth.” Creation rises from the dark realm of death to the heavenly kingdom, whose light has no evening. The faithful, as participants in the resurrection, are called to declare the Gospel of freedom in Christ “to the end of the earth” (Acts 1:8).

The Mother Church, which lives the mystery of the cross and the resurrection simultaneously, today invites us “to approach with lit candles” “and together to celebrate the salvific Pascha of God.”

Through the resurrection of our Savior, all of humanity has become one people, united in one body. Through His cross and resurrection, Christ definitively destroyed all existing hatred. Thus, the Orthodox Church, as the one, holy, catholic and apostolic Church, is the Church of the reconciliation of all, the Church of love toward all, friends and enemies. Reconciled, filled with new life, filled with true life, we all become fellow citizens with the saints and members of the household of God (cf Eph. 2:15-20).

Unfortunately terrorism, war, and bloodshed continue to this day. The lament and agony of victims, particularly as these are rapidly disseminated through modern technological means, tear the world apart and break our heart. This is why the world’s leaders – political, religious and church – are obliged and compelled by love to do everything that is possible to avoid such unacceptable conditions.

In the midst of this modern “irrational world,” we Orthodox Christians are called to offer a positive witness of love and sacrifice to our fellow human beings.

For us as Orthodox faithful, Pascha is not a fleeting moment of escape from the ugly reality of evil in the world; it is the unwavering conviction that Christ, who trampled down death by death and rose from the dead, is with us “always, to the close of the age” (Matthew 28:20).

Beloved brothers and sisters, such is once again this year the message of the resurrection from the most holy Apostolic and Patriarchal Ecumenical Throne, the sacred center of Orthodoxy, to all people: that Christ has risen and the power of death was abolished; the authority of the powerful over the weak has been destroyed. “Life reigns” and the nurturing love, profound mercy, and endless grace of the risen Christ cover the whole world, from one end to the other. It is sufficient for us to realize that Jesus Christ is the true light, that in Him is life, and that this life is the light of all people (cf John 1:3-4). This is our message to all political and religious leaders of the world.

Therefore, approach and receive the light from the unfading light of the Phanar, which as the light of Christ and the light of love shines upon all; in Him “there is no darkness” (cf 1 John 1:5). Let us hear this Gospel of joy and light; and let us Orthodox alleviate the pain of today’s world with our own love and sacrifice.

Glory be to Him who bestows life, who has shown the light and love and peace to the world as well as to each one of us. Glory to Jesus Christ, the king of glory, the conqueror of death and champion of life.

At the Phanar, Holy Pascha 2016

Your fervent supplicant before the risen Christ,

BARTHOLOMEW
Archbishop of Constantinople-New Rome
and Ecumenical Patriarch

Encíclica Patriarcal para la Santa Pascua 2016


Nº de Protocolo 450

+BARTOLOMÉ
POR LA GRACIA DE DIOS
ARZOBISPADO DE CONSTANTINOPLA-NUEVA ROMA
Y PATRIARCA ECUMÉNICO
A TODA LA PLENITUD DE LA IGLESIA
GRACIA, PAZ Y MISERICORDIA 
DE CRISTO GLORIOSAMENTE RESUCITADO

Queridos hermanos e hijos en el Señor:

De todo corazón desde la sede del Patriarcado Ecuménico el saludo alegre "¡Cristo ha resucitado!". La resurrección de Cristo es el centro de nuestra fe ortodoxa. Sin la resurrección nuestra fe es "vacía" (1Cor. 15,14). El Verbo de Dios con Su resurrección divinizó al hombre creado a imagen de Dios y manchado por el pecado, y le dio de nuevo la posibilidad de volver a la semejanza, que había perdido por la desobediencia.

¿Qué significa, pues, la fiesta de Pascua, la victoria de la vida sobre la muerte, en medio de un mundo de violencia y guerras, por cierto, en nombre de la religión y Dios?

Muchos sabios han intentado encontrar la solución al problema de la muerte y el más allá a través de diversas teorías. Nosotros, los cristianos ortodoxos que celebramos la resurrección de Cristo de entre los muertos proclamamos valientemente la abolición de la muerte. Sabemos que el dador de la vida es el Verbo de Dios, en quien “hay vida” (Jn. 1, 4). Tenemos el feliz conocimiento de la Iglesia de que la muerte ha sido vencida por la Resurrección de Cristo. “Todo se ha llenado de alegría al recibir la prueba de la Resurrección”. Esta fe ilumina todas las facetas de la vida eclesiástica, centrada en la Eucaristía. El hecho de que en el mundo cristiano, principalmente en la Iglesia ortodoxa, la divina Eucaristía se conserva como el centro de su vida y espiritualidad unida inseparablemente a la resurrección que es el núcleo de la fe, el culto y la moral de la Iglesia. Por esta razón la función eucarística es siempre festiva y alegre y ligada principalmente a domingo, el día de la Resurrección del Señor.

La expresión más dramática e interpretación de la resurrección y de su fuerza renovadora es el icono de la bajada del Señor Jesucristo a Hades como el que admiramos aquí en el Monasterio de Cora. El Señor de la gloria descendiendo hasta los fondos del infierno y derribando las puertas del mismo, sale victorioso levantando consigo a Adán y Eva, es decir a toda la raza humana desde el principio hasta el final. “Ahora todo se llena de luz, el cielo, la tierra y el infierno.” La creación pasa del reino sombrío de la muerte a la luz sin ocaso del Reino de Dios. El participante fiel es llamado a predicar el Evangelio de la libertad en Cristo “hasta los confines de la tierra” (Hch.1,8). 

La Madre Iglesia, viviendo al mismo tiempo el misterio de la cruz y la resurrección nos invita hoy a acercarnos “portando velas” y “celebrar juntos la Pascua salvífica de Dios.”

Debido a que, por la resurrección de Cristo, la humanidad nos hemos convertido en un solo pueblo, unámonos en un solo cuerpo. Con la cruz y su resurrección, Cristo destruyó definitivamente el enemigo existente. Por lo tanto, nuestra Iglesia ortodoxa, Una, Santa, Católica y Apostólica, es la Iglesia de la reconciliación de todas las cosas, la Iglesia del amor a todos los hombres, amigos y enemigos. Todos reconciliados, llenos de vida nueva, la vida verdadera, hechos conciudadanos de los santos y familiares de Dios (Ef.2, 15-20).

Por desgracia, en la actualidad el terrorismo, las guerras y, en general, la exterminación de la vida humana continúan. El dolor y el sufrimiento de las víctimas, difundidos rápidamente a través de los medios de la tecnología moderna, atraviesan la atmósfera y desgarran nuestro corazón. De manera que los líderes de la humanidad, políticos, espirituales y eclesiásticos, tenemos el deber y la obligación por amor de actuar en lo que sea apropiado para la evitación de tales situaciones insólitas.

En medio de este actual “mundo absurdo,” nosotros, los cristianos ortodoxos estamos llamados a dar buen testimonio de amor y ofrecer a nuestros conciudadanos sólo amor.
La Pascua no es para los ortodoxos fieles un escape momentáneo de la oscura realidad del mal en el mundo, es la certeza inquebrantable de que Cristo que pisoteó la muerte por la muerte y resucitó de entre los muertos, está con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo (Mt. 28, 20).

Esto, hijos y hermanos, este año es el Mensaje Pascual del Santo, Apostólico y Patriarcal Trono Ecuménico, el Sagrado Centro de la Ortodoxia, a todos nuestros conciudadanos: que Cristo ha resucitado y ha aniquilado el estado de la muerte, el estado del poder  del fuerte sobre el débil y que sólo trata la vida con amor y cariño y de  misericordia y gracia inagotables de Cristo resucitado, que cubre todo el universo de extremo a extremo; basta que las personas entendamos que Jesucristo es la luz verdadera y que en él hay vida, y la vida es la luz de los hombres (Jn, 1, 3-4). Este es nuestro mensaje a todos los líderes políticos y espirituales de este mundo. 

Venid, pues, recibid la luz de la luz sin ocaso de Fanar, que, como la luz de Cristo, como luz de amor ilumina a todos. Y, en Él “no hay ninguna oscuridad” (1Jn.1,5). Escuchemos, hermanos e hijos, este Evangelio de alegría y como ortodoxos aplaquemos el dolor de la humanidad moderna, con nuestro propio amor y sacrificio.

Gloria al Dador de la vida, al que muestra la luz, el amor y la paz al mundo y a cada uno de nosotros personalmente. Gloria al Rey de la gloria, Jesucristo, Vencedor de la muerte y guía de la vida.

Fanar, Santa Pascua 2016
+Bartolomé de Constantinopla
ferviente suplicante a Cristo Resucitado
por todos vosotros

Grande y Santo Jueves 2016 en la Catedral de Madrid

ΠΑΤΡΙΑΡΧΙΚΗ ΑΠΟΔΕΙΞΙΣ ΕΠΙ Τῼ ΑΓΙΩι ΠΑΣΧΑ 2016


ΑἈριθμ. Πρωτ. 450

† Β Α Ρ Θ Ο Λ Ο Μ Α Ι Ο Σ
ΕΛΕΩι ΘΕΟΥ ΑΡΧΙΕΠΙΣΚΟΠΟΣ
ΚΩΝΣΤΑΝΤΙΝΟΥΠΟΛΕΩΣ - ΝΕΑΣ ΡΩΜΗΣ
ΚΑΙ ΟΙΚΟΥΜΕΝΙΚΟΣ ΠΑΤΡΙΑΡΧΗΣ
ΠΑΝΤΙ Τῼ ΠΛΗΡΩΜΑΤΙ ΤΗΣ ΕΚΚΛΗΣΙΑΣ ΧΑΡΙΝ, ΕΙΡΗΝΗΝ ΚΑΙ EΛΕΟΣ
ΠΑΡΑ ΤΟΥ ΕΝΔΟΞΩΣ ΑΝΑΣΤΑΝΤΟΣ ΧΡΙΣΤΟΥ

***

Ἀδελφοὶ καὶ τέκνα ἐν Κυρίῳ ἀγαπητά,

Ὁλοκαρδίως σᾶς ἀπευθύνομεν ἀπὸ τῆς ἕδρας τοῦ Οἰκουμενικοῦ Πατριαρχείου τὸν χαρμόσυνον χαιρετισμὸν «Χριστὸς Ἀνέστη!». Ἡ Ἀνάστασις τοῦ Χριστοῦ εἶναι τὸ κέντρον τῆς Ὀρθοδόξου Πίστεώς μας. Χωρὶς τὴν Ἀνάστασιν ἡ πίστις ἡμῶν εἶναι «κενή» (Α’ Κορ. ιε΄, 14). Ὁ Θεὸς Λόγος μὲ τὴν Ἀνάστασίν Του ἀφθαρτοποίησε καὶ ἐθέωσε τὸν τετραυματισμένον καὶ ἀμαυρωμένον ἀπὸ τὴν ἁμαρτίαν κατ᾿ εἰκόνα Θεοῦ πλασθέντα ἄνθρωπον, καὶ ἔδωκεν εἰς αὐτὸν καὶ πάλιν τὴν δυνατότητα τοῦ καθ᾿ ὁμοίωσιν, τοῦ ὁποίου ἀπεστερήθη διὰ τῆς παρακοῆς.

Τί σημαίνει, ὅμως, ἡ ἑορτὴ τοῦ Πάσχα, ἡ νίκη τῆς ζωῆς κατὰ τοῦ θανάτου, μέσα εἰς ἕνα κόσμον βίας καὶ πολέμων, ἐν ὀνόματι μάλιστα τῆς θρησκείας καὶ τοῦ Θεοῦ;

Πολλοὶ σοφοὶ προσεπάθησαν νὰ ἐξεύρουν λύσιν εἰς τὸ πρόβλημα τοῦ θανάτου καὶ νὰ τὸ ὑπερβοῦν διὰ διαφόρων θεωριῶν. Ἡμεῖς οἱ Ὀρθόδοξοι Χριστιανοὶ ἑορτάζομεν τὴν ἀνάστασιν τοῦ Χριστοῦ ἐκ τῶν νεκρῶν καὶ κηρύσσομεν εὐθαρσῶς τὴν κατάργησιν τοῦ θανάτου. Γνωρίζομεν ὅτι χορηγὸς τῆς ζωῆς εἶναι ὁ Λόγος τοῦ Θεοῦ, ἐν τῷ Ὁποίῳ «ζωὴ ἦν» (Ἰωάν. α’, 4). Ἔχομεν τὴν χαροποιὸν ἐμπειρίαν τῆς Ἐκκλησίας, ὅτι ἐνικήθη ὁ θάνατος διὰ τῆς Ἀναστάσεως τοῦ Χριστοῦ. «Χαρᾶς τὰ πάντα πεπλήρωται, τῆς ἀναστάσεως τὴν πεῖραν εἰληφότα». Αὐτὴ ἡ πίστις καταυγάζει ὅλας τὰς ἐκφάνσεις τῆς ἐκκλησιαστικῆς ζωῆς, συμπυκνοῦται δὲ ἐν τῇ Θείᾳ Εὐχαριστίᾳ. Τὸ γεγονὸς ὅτι εἰς τὸν χριστιανικὸν κόσμον κυρίως ἡ Ὀρθόδοξος Ἐκκλησία διέσωσε τὴν Θείαν Εὐχαριστίαν ὡς κέντρον τῆς ζωῆς καὶ τῆς πνευματικότητός της εἶναι ἀρρήκτως συνδεδεμένον μὲ τὸ ὅτι ἡ Ἀνάστασις εἶναι ὁ πυρὴν τῆς πίστεως, τῆς λατρείας καὶ τοῦ ἐκκλησιαστικοῦ ἤθους. Διὰ τὸν λόγον τοῦτον ἡ εὐχαριστιακὴ λειτουργία εἶναι πάντοτε πανηγυρικὴ καὶ χαρμόσυνος καὶ συνδέεται πρωτίστως μὲ τὴν Κυριακήν, τὴν ἡμέραν τῆς Ἀναστάσεως τοῦ Κυρίου.

Ἡ πλέον συγκλονιστικὴ ἔκφρασις καὶ ἑρμηνεία τῆς Ἀναστάσεως καὶ τῆς καινοποιητικῆς δυνάμεώς της εἶναι ἡ εἰκὼν τῆς καθόδου τοῦ Κυρίου ἡμῶν Ἰησοῦ Χριστοῦ εἰς τὸν Ἅδην ὅπως τὴν θαυμάζομεν εἰς τὴν ἐνταῦθα Μονὴν τῆς Χώρας. Ὁ Κύριος τῆς δόξης κατελθὼν μέχρις Ἅδου ταμείων καὶ συντρίψας τὰς Πύλας αὐτοῦ, ἀναδύεται νικηφόρος συνανιστῶν ἑαυτῷ τὸν Ἀδὰμ καὶ τὴν Εὔαν, ὁλόκληρον δηλαδὴ τὸ ἀνθρώπινον γένος ἀπ᾿ ἀρχῆς καὶ μέχρι τῶν Ἐσχάτων. «Νῦν πάντα πεπλήρωται φωτός, οὐρανός τε καὶ γῆ καὶ τὰ καταχθόνια». Ἡ κτίσις διαβαίνει ἀπὸ τὸ ζοφερὸν βασίλειον τοῦ θανάτου εἰς τὸ ἀνέσπερον φῶς τῆς Βασιλείας τοῦ Θεοῦ. Ὁ πιστός, Ἀναστάσεως κοινωνός, καλεῖται νὰ κηρύξη τὸ Εὐαγγέλιον τῆς ἐν Χριστῷ ἐλευθερίας «ἕως ἐσχάτου τῆς γῆς» (Πράξ. α΄, 8).

Ἡ Μήτηρ Ἐκκλησία, βιοῦσα τὸ μυστήριον τοῦ σταυροῦ καὶ τῆς ἀνα-στάσεως συγχρόνως, μᾶς καλεῖ σήμερον νὰ «προσέλθωμεν λαμπαδηφόροι» καὶ νὰ «συνεορτάσωμεν Πάσχα Θεοῦ τὸ σωτήριον».

Διότι, διὰ τῆς Ἀναστάσεως τοῦ Σωτῆρος ἐγίναμεν ἕνας λαὸς ἡ ἀνθρωπότης˙ ἡνώθημεν εἰς ἓν σῶμα. Μὲ τὸν Σταυρὸν καὶ τὴν Ἀνάστασίν Του ὁ Χριστὸς ἐθανάτωσεν ὁριστικῶς τὴν ὑπάρχουσαν ἔχθραν. Τοιουτοτρόπως, ἡ Ὀρθόδοξος Ἐκκλησία μας, ἡ Μία, Ἁγία, Καθολικὴ καὶ Ἀποστολικὴ Ἐκκλησία, εἶναι ἡ Ἐκκλησία τῆς συμφιλιώσεως τῶν πάντων, ἡ Ἐκκλησία τῆς ἀγάπης πρὸς πάντας, φίλους καὶ ἐχθρούς. Ὅλοι συμφιλιωμένοι, πλήρεις νέας ζωῆς, ζωῆς ἀληθινῆς, γινόμεθα συμπολῖται τῶν ἁγίων καὶ οἰκεῖοι τοῦ Θεοῦ (πρβλ. Ἐφ. β΄, 15-20).

Ἀτυχῶς, σήμερον ἡ τρομοκρατία, οἱ πόλεμοι καὶ γενικώτερον ἡ ἀφαίρεσις τῆς ζωῆς ἀνθρώπων συνεχίζονται. Ὁ θρῆνος καὶ ἡ ἀγωνία τῶν θυμάτων, διαδιδόμενοι μάλιστα ταχύτατα διὰ τῶν συγχρόνων τεχνολογι-κῶν μέσων, διασχίζουν τὴν ἀτμόσφαιραν καὶ σπαράσσουν τὴν καρδίαν μας. Διὰ τοῦτο οἱ ἡγέται τῆς ἀνθρωπότητος, πολιτικοὶ καὶ πνευματικοὶ καὶ ἐκκλησιαστικοί, ἔχομεν καθῆκον καὶ χρέος ἀγάπης νὰ ἐνεργῶμεν πᾶν ὅ,τι ἐνδείκνυται διὰ τὴν ἀποφυγὴν αὐτῶν τῶν ἐκρύθμων καταστάσεων.

Ἐν μέσῳ αὐτοῦ τοῦ σημερινοῦ «κόσμου τοῦ παραλόγου», ἡμεῖς οἱ Ὀρθόδοξοι χριστιανοὶ καλούμεθα νὰ δώσωμεν τὴν καλὴν μαρτυρίαν τῆς ἀγάπης καὶ τῆς προσφορᾶς πρὸς τὸν συνάνθρωπον, ἀγάπης καὶ μόνον.

Τὸ Πάσχα δὲν εἶναι διὰ τοὺς Ὀρθοδόξους πιστοὺς μία στιγμιαία ἀπόδρασις ἀπὸ τὴν στυγνὴν πραγματικότητα τοῦ κακοῦ ἐν τῷ κόσμῳ, εἶναι ἡ ἀκλόνητος βεβαιότης ὅτι ὁ θανάτῳ θάνατον πατήσας καὶ ἀναστὰς ἐκ νεκρῶν Χριστὸς εἶναι μεθ᾿ ἡμῶν «πάσας τὰς ἡμέρας ἕως τῆς συντελείας τοῦ αἰῶνος» (Ματ. κη΄, 20).

Αὐτό, τέκνα καὶ ἀδελφοί, εἶναι καὶ ἐφέτος τὸ ἀναστάσιμον μήνυμα τοῦ Ἁγιωτάτου Ἀποστολικοῦ καὶ Πατριαρχικοῦ Οἰκουμενικοῦ Θρόνου, τοῦ Ἱεροῦ τῆς Ὀρθοδοξίας Κέντρου, πρὸς ὅλους τοὺς συνανθρώπους μας: ὅτι ἀνέστη Χριστὸς καὶ κατήργηται τὸ κράτος τοῦ θανάτου˙ τὸ κράτος τῆς ἐξουσίας τοῦ ἰσχυροῦ ἐπὶ τοῦ ἀδυνάτου˙ καὶ ὅτι μόνον «ζωὴ πολιτεύεται» καὶ ἀγάπης θαλπωρὴ καὶ ἐλέους ἄβυσσος καὶ Χάριτος ἀκενώτου τοῦ Ἀναστάντος Χριστοῦ, ἡ ὁποία καλύπτει πᾶσαν τὴν οἰκουμένην, ἀπ᾿ ἄκρου εἰς ἄκρον˙ ἀρκεῖ οἱ ἄνθρωποι νὰ κατανοήσωμεν ὅτι ὁ Ἰησοῦς Χριστὸς εἶναι τὸ φῶς τὸ ἀληθινὸν καὶ ὅτι ἐν αὐτῷ ζωὴ ἦν, καὶ ἡ ζωὴ ἦν τὸ φῶς τῶν ἀνθρώπων (πρβλ. Ἰωάν, α΄, 3-4). Αὐτὸ εἶναι τὸ μήνυμα ἡμῶν πρὸς πάντας τοὺς πολιτικοὺς καὶ πνευματικοὺς ἡγέτας τοῦ κόσμου τούτου.

Δεῦτε, λοιπόν, λάβετε, φῶς ἐκ τοῦ ἀνεσπέρου φωτὸς τοῦ Φαναρίου, τὸ ὁποῖον, ὡς φῶς Χριστοῦ, ὡς φῶς ἀγάπης, φαίνει πᾶσι˙ καὶ ἐν Αὐτῷ «σκοτία οὐκ ἔστιν οὐδεμία» (πρβλ. Α΄ Ἰωάν. α΄, 5). Ἂς ἐνωτισθῶμεν, ἀδελφοὶ καὶ τέκνα, τὸ Εὐαγγέλιον τοῦτο τῆς χαρᾶς καὶ τῆς ἀγάπης καὶ ἂς ἁπαλύνωμεν οἱ Ὀρθόδοξοι τὸν πόνον τῆς συγχρόνου ἀνθρωπότητος, μὲ τὴν ἰδικήν μας ἀγάπην καὶ θυσίαν.

Δόξα τῷ χορηγῶ τῆς ζωῆς, τῷ δείξαντι τὸ φῶς καὶ τὴν ἀγάπην καὶ τὴν εἰρήνην εἰς τὸν κόσμον καὶ εἰς ἕνα ἕκαστον τῶν ἀνθρώπων προσωπικῶς, δόξα τῷ Βασιλεῖ τῆς δόξης Ἰησοῦ Χριστῷ, τῷ Νικητῇ τοῦ θανάτου καὶ ἀρχηγῷ τῆς ζωῆς.

Φανάριον, Ἅγιον Πάσχα, βις'

† Ὁ Κωνσταντινουπόλεως
διάπυρος πρὸς Χριστὸν Ἀναστάντα
εὐχέτης πάντων ὑμῶν.

jueves, 28 de abril de 2016

"Virginidad sagrada". Ambrosio de Milán, Gregorio de Nisa y Agustín de Hipona


Los tres tratados sobre la virginidad de san Ambrosio, san Agustín y san Gregorio de Nisa, que han sido fuente constante de inspiración para le generosa entrega al Señor. Tres diamantes cuyo fulgor y dulzura iluminan y confortan.

El don de la virginidad constituye un tesoro vital en el seno de la Iglesia. Silenciarlo sería amputar el evangelio y fallar a la humanidad que tiene derecho a recibir la palabra y la gracia en plenitud.

Ichthys, 19
ISBN: 978-84-301-1306-4
Formato: Rústica, 13 x 20 cm.
Páginas: 196
Edición: 1ª
Fecha de edición: febrero 1997
Precio: 10,00 €



martes, 26 de abril de 2016

El P. Vasili Savchuk celebrará la Divina Liturgia de Pascua en Galicia y norte de Portugal


El P. Vasili Savchuk celebrará la Divina Liturgia de Pascua en las siguientes localidades de Galicia y norte de Portugal:

-Silleda (Pontevedra): Sábado 30 de abril, 17:00.

-Vigo (Pontevedra): Sábado 30 de abril, 21:00.

-Viana de Castelo (Portugal): Domingo 1 de mayo, 00:00 (sábado noche; hora portuguesa).

-Monforte de Lemos (Lugo): Domingo 1 de mayo, 10:00 (mañana).

Para más información, llamar al P. Vasili Savchuk al número (+34) 687 30 09 42.


"The Power of Memory. Chernobyl Thirty Years Later"


Thirty years ago, in the early morning of April 26, 1986, even as the Orthodox Church was about to embark on its holiest of weeks leading to the joy of Easter, the Chernobyl nuclear power plant in Ukraine exploded, creating the worst nuclear disaster that the world had seen up to that time.

The consequences of the disaster were felt far and wide: in the extension of contaminating radioactive particles into Russia, Belarus, as well as countries to the North and West; in human desertion and ecological destruction of vast surrounding areas; in long-lasting and permanent damage to health and loss of human life estimated at one million premature deaths.

With this painful background of experience and knowledge, what can we conclude as conscientious citizens? What can we resolve as committed believers? And what can we profess as responsible leaders?

First, we must never forget. We must forever remember. We must recall the names of all those, known and unknown, who lost their lives as a result of our actions, just as we must retain vivid in our heart and mind the tragic consequences of our failures. Memory is a powerful attribute in religion, and particularly in Christianity where it becomes a transformative force. It is the way in which we relate to the past, change our attitude and conduct in the present, and assume responsibility for the future.

Second, we have reached a point in technological development where we must learn to say “No!” to technologies with destructive side effects. We are in dire need of an ethic of technology. In the Orthodox Church, we profess and confess that God’s spirit is “everywhere present and fills all things” (From a Prayer to the Holy Spirit). However, we must also begin to embrace a worldview that declares and demonstrates the biblical conviction that “the earth is God’s and everything in it” (Psalm 23.1) so that we may refrain from harming the earth or destroying the life on it. We have been gifted with unique resources of a beautiful planet. However, these resources of underground carbon are not unlimited—whether they are the oil of the Arctic or the tar sands of Canada, whether they are the coal of Australia or the gas in Eastern Europe. Moreover, with regard to nuclear energy specifically, we cannot assess success or sustainability purely in terms of financial profit—the disasters at Three Mile Island (1979), Chernobyl (1986), and Fukushima (2011) have amply demonstrated the human, financial, and ecological cost. Nor, indeed, can we ignore the other problems of nuclear power, such as waste disposal and vulnerability to terrorist attacks.

Third, we have reached a point in our economic development where we must learn to say “Enough!” to the mentality of consumerism and the competition of market economy. It is time to be honest with ourselves and with God, acknowledging that the Christian gospel is not always really or readily compatible with the ways of the world; indeed, the message of Jesus Christ and the Church Fathers aims at restraining the crude passions of greed and avarice.

Finally, we have reached a point in our global civilization where we must learn to say “Yes!” to another reality beyond ourselves, to the Creator of all creation, before whom we should kneel in humility and surrender in prayer, recognizing that he and everything he created is for all, not just our own selfish desires. Perhaps the greatest lesson and recollection from Chernobyl is that we must share the world with all people. What we do in the world and for the world affects people’s lives—their health (with the inestimable number of cancer victims), their nourishment (with the inconceivable contamination of food), as well as future generations (whether with the insufferable birth defects and the indiscernible impact on our children). This is the lesson that, in the Church, we call communion. It is the foremost definition of “God as love” (1 John 4.8) and the highest expression of human love.

This new kind of thinking—this new ethic that aspires to “a new heaven and a new earth” (Rev. 21.1) —is what should be taught in every parish and every corner of the world. Chernobyl should be a lesson about restraint and sharing. We must show compassion; we must demonstrate respect; and we must make peace, not just with our neighbors, but also with the whole of creation.

As the Mother Church of Ukraine, we fervently pray that the memory of Chernobyl be eternal and not in vain.

At the Ecumenical Patriarchate, April 26, 2016

✠ Bartholomew
Archbishop of Constantinople-New Rome
and Ecumenical Patriarch

Баталія - Репетиція церковного хору до Пасхи / Batalha - Ensaio do coro paroquial para Páscoa




Artigo de James Keenan sobre "O ser comunhão"


Em 1982, dei início aos meus estudos em Ética Teológica na Pontifícia Universidade Gregoriana em Roma. De 1982 a 1984, fiz aproximadamente 16 disciplinas, passei por provas gerais e escrevi minha monografia com Klaus Demmer em Metafísica Moral. De 1985 a 1987, escrevi minha tese em Tomás de Aquino sob a orientação de Josef Fuchs. Cursei uma lista interessante de disciplinas nestes dois primeiros anos: três delas com Fuchs, quatro com Demmer, três com Louis Vereecke, duas com Edouard Hamel, e outras tantas com Wilhelm Ernst, Frank Sullivan e Jared Wicks. Para um aspirante a teólogo moral, desejoso em aprender a “Tradição” e a abordagem contemporânea à Ética Teológica, eu me encontrava no paraíso.

No início de 1984, alguns colegas me disseram que eu deveria me inscrever para as aulas de Jean Zizioulas. Eu nunca havia cursado uma disciplina totalmente dedicada à teologia ortodoxa. Inscrevi-me numa turma de 200 alunos aproximadamente, a maioria dos quais era composta de padres.

Lembro que ouvir Zizioulas era como ouvir a um marciano! Eu tinha passado dois anos estudando casuística, teologia fundamental e, as últimas opções, deontologia e teologia. Com Fuchs e Demmer, estive no coração do debate europeu sobre a autonomia da consciência e do magistério. De forma alguma era aquele debate trivial que se dava nos EUA, sobre se nós “poderíamos” seguir a nossa consciência ao invés de um ensinamento católico. Para os moralistas europeus, em particular os moralistas alemães, a consciência autônoma levantou-se das cinzas da Europa atormentada pela guerra, culpando-se pelos estragos do fascismo, do nazismo e do holocausto. A consciência não era uma opção; era um assombro, uma reprovação divina da subserviência viciosa construída sobre o medo.

Em Roma, eu li tudo de Demmer e Fuchs e de seus colegas, bem como estive supervisionando as edições inglesas dos escritos de Fuchs pela Georgetown University Press. Eu também estava tendo aulas com Vereecke, com quem aprendi sobre os probabilistas, os probabilioristas, os equiprobabilistas, para não falar dos laxistas e tutioristas. No mundo da Ética Teológica, eu conhecia a minha tradição, das alturas dos debates alemães e americanos sobre metaética até as particularidades da casuística de uma gravidez ectópica.

Naquele primeiro semestre, escutar Zizioulas era como ouvir um idioma totalmente novo, uma perspectiva inteiramente nova e um sopro completamente inesperado de ar fresco. Ar fresco, exatamente isso. Zizioulas estava lecionando sobre Espírito Santo e a racionalidade. Em minhas outras 15 disciplinas cursadas, com a exceção de Hamel, raramente se mencionou o Espírito Santo.

Na Gregoriana, exigia-se pouca leitura para as disciplinas. Sempre se faziam referências às leituras – e nós “podíamos” fazê-las –, mas o essencial para a disciplina era entender as palestras. As leituras de Zizioulas eram na maioria em francês. Ela justapunha os seus primeiros ensaios com debates subsequentes juntamente com teólogos católicos romanos que o tocavam, o padre jesuíta Ignace de la Potterie e o frade dominicano Yves Congar.

No centro de suas palestras estava o seu livro, L’Être ecclésial (Paris: Labor et Fides, 1981) que, em inglês, foi lançado em 1985 sob o título “Being as Communion: Studies in Personhood and the Church (Yonkers: St. Vladmir editora). Fui tomado pela racionalidade que escoava por estas páginas.

Em L’Être ecclesial, Zizioulas sustenta que a Queda nos mostra a nossa natureza quando nós, criaturas, somos deixados a nós mesmos. A Queda era, acima de todas as coisas, uma ruptura com a comunhão. Separada, a humanidade depois da Queda é deixada à procura da sua pessoalidade, que denota particularidade e comunhão. A pessoa pela qual estamos em busca é Cristo, plenamente relacional: ao Pai e ao Espírito na divindade, e a nós em nossa humanidade. Em sua pessoa, Cristo é constitutivamente relacional.

Pelo Espírito é que nos tornamos relacionais, porque é por ele que nos constituímos como Igreja. O batismo é, então, um nascimento por onde deixamos de ser um indivíduo para nos tornarmos uma pessoa. Tornamo-nos aquele que se constitui, ao mesmo tempo, pela comunidade. Da mesma forma como Deus se constitui em três pessoas em comunhão, nós também nos constituímos pelo Espírito enquanto pessoas em comunhão com o Corpo de Cristo.

Na medida em que, pelo batismo, descobrimos que a nossa liberdade pessoal se encontra em Cristo, a nossa liberdade não é mais a prática distanciadora de escolher entre dois, optando por um e declinando o outro. A liberdade encontra-se não nas práticas individualizantes, mas nas relacionais.

Devemos, pois, ver que a Igreja como comunhão nunca é “ou uma coisa ou outra”. Ela não é local ou universal, mas as duas ao mesmo tempo; a Igreja é ambas as coisas. Para os fiéis, é impossível entender que a Igreja local não é, ao mesmo tempo, a Igreja universal. A Igreja unida em Cristo é a integridade, a plenitude do Corpo de Cristo. A Igreja universal está tão presente na Igreja local quanto o Corpo de Cristo está presente na Eucaristia de domingo em nossas paróquias.

A maioria dos primeiros concílios teve dificuldades para entender que a Igreja local não poderia se recusar a receber um membro fiel de uma outra comunidade: cada comunidade estava em plena unidade, jamais imposta do além, mas percebida de dentro ao se partir o pão. Por esse motivo, os bispos não eram ordenados fora do contexto da comunhão eucarística. Dentro da Eucaristia, nós ordenamos aquele que foi chamado à responsabilidade pela comunhão da Igreja.

O Espírito não apenas nos constitui como pessoas, mas também introduz a “eschaton” na história e altera a história linear no presente; a história não se identifica simplesmente como um passado, mas como um presente e um futuro também. Para a ortodoxia grega, a “anamnesis” da eucaristia inclui a lembrança de todos os três: “Lembrando-nos deste mandamento do Salvador (‘fazei isso em memória de mim’) e de tudo o que se realizou por nós: a cruz, o túmulo, a ressurreição ao terceiro dia, a ascensão ao céu, a entronização à direita do Pai, a segunda e gloriosa vinda”.

O que Cristo nos dá na Eucaristia é a estrutura do próprio Reino: na Eucaristia, podemos compreender que na Igreja local nós podemos encontrar a Igreja universal e, da mesma forma, no presente nós podemos testemunhar a história da salvação. Na comunhão, desaparece tudo aquilo que nos separa.

A racionalidade que Cristo nos apresenta na Eucaristia é a sua unidade com o Pai, com o Espírito e conosco. Em troca, na Igreja local, o bispo ordenado na Eucaristia deve ver que a própria identidade episcopal não é como a de um indivíduo, mas como de uma pessoa relacional cuja função é, fundamentalmente, promover a comunhão.

Espero que tudo isso lhe permita uma apreciação do talento de Zizioulas.

No fim de casa disciplina na Gregoriana, tínhamos uma prova final, um exame oral de 10 minutos para cada aluno junto ao professor. Os exames orais aí eram, para dizer em uma palavra, estranhos. A pessoa ficava à espera em uma longa fila alfabética: tínhamos de nos certificar de que éramos a próxima pessoa a ser chamada pelo professor, quando ele olhava em sua lista de chamada para passar ao próximo avaliado. O professor faria uma série de perguntas com base em suas palestras. Tudo era muito previsível.

Para as minhas provas orais, decidi que queria ter um diálogo com cada um de meus professores. Para cada avaliação, apresentei-lhes uma lista de leituras que havia feito para a disciplina. Isso sempre funcionava e, o melhor, ninguém o fazia, só eu! O professor invariavelmente iria querer, no meio da monotonia de infindáveis horas a perguntar uma mesma questão aos alunos, ter um diálogo também.

De Zizioulas, eu havia lido tudo: os primeiros ensaios, os debates com Congar, a obra L’Être ecclésial. Dei-lhe a lista. Ele me fez algumas perguntas para ver se eu havia compreendido os seus escritos. Surpreso e satisfeito, ele falou: “Posso lhe perguntar: o que acha de meus escritos?”

Eu disse: “Eu estou me tornando um jesuíta casuísta em todas as particularidades que isso significa. Estou, se assim desejar, no lado oposto no espectro da teologia em que o senhor se encontra. O senhor me permitiu imaginar a vastidão da teologia e estimulou a minha imaginação. Acho que não irei usar os seus escritos, mas transformei-me para sempre ao perceber o quão pequeno é o meu campo de ética teológica católica no cenário da teologia cristã”.

Enquanto volto a fazer uma leitura de L’Être ecclésial, posso ver que Zizioulas (ou seria o Espírito) me seduziu para fora da minha ética autônoma e me levou a perguntar sobre a racionalidade; além disso, ele me levou a procurar uma consciência pessoal e uma ética normativa baseada não principalmente no agir, mas no ser e, portanto, uma ética das virtudes, com base na pessoa, não como indivíduo, mas essencial e constitutivamente relacional.


Fonte: IHU, através de www.ecclesia.org.br