lunes, 31 de octubre de 2016

"El sacramento del hermano". Madre María Skobtsov


Estuvo a punto de ahogarse en el agua de su bautismo, pero morirá en las cámaras de gas de Ravensbrück por ayudar a los judíos. La vida de la Madre María Skobtsov (1891-1945) es toda una novela. Épica, trágica. Estrella de los salones literarios de San Petersburgo, socialista-revolucionaria encargada de asesinar a Trotski, alcalde de una villa a orillas del Mar Negro, exiliada en Europa, madre de tres hijos, ella lo ha vivido todo. Tentada por el ateísmo tras la muerte de su padre, fue visitada por Dios con ocasión de la muerte de su hija Anastasia. Casada y divorciada dos veces, toma el hábito monástico en 1932.

Pero en vez del desierto del claustro prefiere el desierto de los corazones consumidos por la historia. En lugar de la disciplina del convento, la bohemia de una vida entregada al soplo imprevisible del Espíritu. ¿Su meta? Vencer la desmesura. ¿Su regla? Darse totalmente, vivir la compasión hasta la locura de la Cruz. En París ella será la madre de todos los heridos por la vida, vagabundos, locos y perseguidos.

Y sin embargo Madre María también fue teóloga y artista. Como signo de su fe y de su lucha, ha dejado iconos, diseños y textos elocuentes sobre los fundamentos místicos de la relación con el otro, la espiritualidad y la acción social, el sentido del trabajo, el monaquismo en el mundo, la libertad en la Iglesia, el acto creador. Estela de una vida y de una reflexión poderosamente inspiradoras, este libro quiere ser el eco de la llamada, profética y provocadora, que Madre María había deseado ser.

FICHA
Ichthys, 26
ISBN: 978-84-301-1529-7
Formato: Rústica, 13,5 x 21 cm.
Páginas: 224
Edición: 1ª
Fecha de edición: marzo 2004
Título original: Le sacrament du frère (2001)
Traducido por Mercedes Huarte Luxán del original francés
Precio: 15,00 €




Visita ao Porto do P. Arquimandrita Makarios de Palaiokastritsa


O P. Arquimandrita Makarios (Geist), do Santo Mosteiro de Palaiokastritsa (Corfu, Igreja da Grécia), visitou ontem 30/10/2016 a nossa Co-catedral de São Pantaleão no Porto, onde foi recebido pelo P. Arquimandrita Philip, Vigário Arcebispal para Portugal e Galiza.

O Arquimandrita Makarios encontra-se em Portugal como parte de uma visita a vários países da Europa que já incluiu a Itália e a Moldávia.

Reflexión de S.E. Policarpo durante el Encuentro Interreligioso por la Paz


REFLEXIÓN DE SU EMINENCIA REVERENDÍSIMA EL  METROPOLITA POLICARPO, ARZOBISPO METROPOLITANO ORTODOXO DE ESPAÑA Y PORTUGAL, DURANTE LA ORACIÓN INTERRELIGIOSA POR LA PAZ

(Madrid, Basílica de San Francisco el Grande, 30/10/2016, 18:00 h.) 

Con el maravilloso y muy elocuente saludo "vete en paz", Jesucristo despidió a la mujer hemorroísa de la que se habla en el Santo Evangelio (Marcos 5,25-34; Lucas 8,41-56), a quien acababa de curar de su enfermedad crónica. El tema de la paz era muy frecuente en las homilías del Señor; incluso podemos decir que era un tema predilecto para Él, pues era como si hablara de sí mismo, que es la paz personificada por excelencia.

La paz es un bien precioso del que muchos cantan alabanzas pero que pocos cuidan para que dé fruto y domine en el mundo. A menudo, en vez de la paz, surgen los conflictos, los enfrentamientos, las guerras entre las naciones, en las sociedades, en las familias y, desgraciadamente, también en las almas de los hombres que viven la ruptura y la turbación.

No obstante, en un mundo que ha alejado de su vida a Dios, fuente de la paz, que ha adoptado como modo de vida la fuerza destructiva del pecado y que niega el bendito don de la paz de Dios, es natural que sucedan acontecimientos y fenómenos trágicos que degradan la personalidad humana y son demoledores para el valor humano. El mundo de hoy "está instalado en el mal" y se olvida de que el Señor llamaba bienaventurados a los pacificadores y los denominaba "hijos de Dios", proporcionando al mismo tiempo una receta para la justificación y salvación personal de todo el que haga de la paz de Dios su modo de vida y la transmita también a los demás.

La falta de paz en el mundo contemporáneo se debe, principalmente, a tres motivos y factores:

La primera causa es el alejamiento de nuestra época secularizada de la voluntad de Dios. El hombre no es capaz de tener paz lejos de Dios, porque Él "es nuestra paz". De hecho, el Apóstol Pablo subraya que la paz constituye el fruto del Espíritu Santo y fructifica cuando reina en el mundo el Espíritu de Dios. Pero para que esto ocurra, el mundo tiene que conocer verdaderamente a Dios, adquirir la virtud y vivir según la voluntad divina y no la suya propia.

El segundo factor es la pacífica convivencia y relación con nuestro vecino, nuestro prójimo. Para que esto suceda, "un presupuesto existencial es que cada hombre tome conciencia de sus propios errores", como subraya sabiamente San Silvano el Atonita (+1938). Abandonar el egoísmo y la consolidada tendencia del hombre a mandar, a gobernar y a dominar a los demás y aprovecharse de ellos. En nuestros días la paz se encuentra gravemente herida por terribles guerras locales cuya extensión a mayor escala es un peligro real. La paz sangra como la mujer hemorroísa de la que nos habla el Evangelio, pero esta recibió la curación. Y esto sucede porque se usan todos los medios, tanto legítimos como ilegítimos, para dominar y hacer prevalecer los diversos intereses humanos y mundanos, a menudo contradictorios, lo que tiene como consecuencia inmediata las injusticias, las desigualdades y las tragedias que todos observamos, en la mayor parte de los casos desgraciadamente sin reaccionar.

El tercer motivo es la paz personal, porque esta no es una situación externa, sino sobre todo una cuestión interna y del corazón. Para alcanzarla hay que alejar el odio y la ira, la crítica, la tendencia al pecado, y superar las pasiones con la oración y el arrepentimiento.

El saludo del Señor, "vete en paz", debe acompañar nuestra vida y nuestras obras, caracterizar nuestro 'status' personal y nuestras relaciones con Dios, con nuestro prójimo y con la creación entera. Solo entonces podremos adquirir la absoluta unión y pacificación con Dios, nuestro Creador y Dador de Paz, de la verdadera paz, de su propia paz, la que "supera todo entendimiento", como dicen los Santos Padres. En paz con Dios, estaremos en paz con nuestro prójimo y con el mundo que nos rodea. Solo así es posible tener paz y transmitir esta paz. Amén.


Fotografía: Comunidad Sant'Egidio

31/10 - Santos Claudio, Lupercio y Victorio (Victorico), Mártires


El Martirologio señala: “En la ciudad de León, en Hispania, los santos Claudio, Lupercio y Victorico mártires, que durante la persecución de Diocleciano, sufrieron la muerte por Cristo”.

Estos tres santos mártires son oriundos de León. Sus Actas nos han llegado en dos redacciones tardías. La más antigua es del siglo XI y pertenece a un santoral de la catedral de Toledo que los presenta como soldados que sufrieron martirio por decapitación en tiempos de Diogeniano “apud septimam geminam legionem”. La otra, más reciente, está manipulada y ya los relaciona con San Marcelo diciendo que eran hijos suyos. El redactor de las Actas de San Marcelo – el mártir africano convertido en mártir hispano – tuvo la iniciativa de darle una familia ilustre a un mártir ilustre, aumentando así los títulos que enorgullecieran a la ciudad leonesa y por influjo de estas Actas, convirtió a Diogeniano en el Aurelio Agricolano de Tánger, que es el personaje que interviene en el martirio de San Marcelo.

En el folio 12 del antifonario mozárabe de la catedral de León, una mano anónima del siglo XI añadió: “Haec sunt nomina sanctorum que in arcivo Toletano repperta sunt:… Claudium et Lupercum atque Victoricum Legionensis continet cives… Marcellum parentem Tingitana urbs fide religionis retinet”. Desde ese momento, este parentesco comenzó a difundirse entre los breviarios y demás libros de culto.

Algunos elementos de la “passio” más antigua, que pueden darse por buenos, afirman que fueron mártires hispanos, oriundos de León y, quizás, soldados, ya que es verdad que en aquella ciudad estaba asentada la “Legio VII gemina”. Su martirio acaeció a finales del siglo III o principios del IV, época en la que la persecución tuvo especial virulencia en la Hispania romana, aunque en el siglo III, la “Legio VII” debería estar dispersa como puede deducirse de la expresión “apud septimam gemimam legionem”.

Parece infundada la hipótesis de quienes afirman que el martirio les sobrevino por la proclamación de fe en la Santísima Trinidad por parte de los tres mártires, ya que este martirio ocurrió en los tiempos en los que predominaban los errores priscilianos. En el presunto lugar del martirio fue construida posteriormente la abadía benedictina de San Claudio. A mediados del siglo XI, el rey Fernando I puso parte de las reliquias en la Iglesia de San Isidoro. En el 1173 fueron trasladadas a una iglesia construida en su honor y, finalmente, en el 1834 fueron llevadas a la actual iglesia de San Marcelo, donde se guardan en tres urnas de plata que, junto con la urna de San Ramiro, abad mártir de San Claudio, están colocadas en el altar mayor.


domingo, 30 de octubre de 2016

Publicación de un libro sobre Su Toda Santidad el Patriarca Ecuménico Bartolomé I

Con motivo de la reciente celebración de los 25 años de ministerio patriarcal de Su Toda Santidad Bartolomé I, se ha...
Publicado por Sacra Metrópolis de España y Portugal - Patriarcado Ecuménico en Domingo, 30 de octubre de 2016

Doxología por la Fiesta Nacional Helénica en la Catedral de Madrid

El domingo 30 de octubre de 2016, terminada la Divina Liturgia, Su Eminencia Policarpo, Arzobispo-Metropolitano de Españ...
Publicado por Sacra Metrópolis de España y Portugal - Patriarcado Ecuménico en Domingo, 30 de octubre de 2016

30/10 - San Marcelo, Mártir, Patrono de León


De la “passio” de San Marcelo existen dos versiones que nos han llegado a través de diversos documentos que se custodian en algunas importantes bibliotecas europeas: Roma, Londres, Burdeos, León, etc. y que fueron publicadas por primera vez por parte de Ruinart, Allard, Delehaye, Garcia Villada, B. De Gaiffier y otros, o sea, que su difusión ha sido grande.

El núcleo de la misma es considerado como auténtico y contiene los interrogatorios a los que se vio sometido nuestro santo en el transcurso de tres meses, en dos tribunales situados en dos localidades distintas. Posteriormente, alrededor del siglo XI, a esta “passio” se le hicieron algunos añadidos diciendo que San Marcelo era esposo de Santa Nonna y padre de los santos Claudio, Lupercio, Victorico, Facundo, Primitivo, Emeterio, Celedonio, Servando, Germán, Fausto, Jenaro y Marcial, todos ellos santos hispanos, venerados en diferentes lugares de la península Ibérica y que en realidad no fueron contemporáneos entre si.

Según la “passio”, el 21 de julio del año 298, cuando se celebraba la fiesta de los augustos emperadores, Marcelo, que era un centurión romano tiró sus armas delante de su tropa que se encontraba reunida con motivo de dichas fiestas, renunciando a su vida militar para dedicarse a la propagación del cristianismo. Siete días más tarde, fue interrogado por el prefecto Fortunato el cual, considerando la gravedad del delito decidió enviárselo a su superior jerárquico, Aurelio Agricolano de Tánger. El 30 de octubre, San Marcelo fue nuevamente interrogado en Tánger y condenado a muerte.

Según los estudios de De Gaiffier a los que hemos hecho referencia, San Marcelo es un auténtico mártir africano al cual, mediante los posteriores añadidos realizados por autores hispanos, lo hacen ciudadano de León sobre el falso fundamento de que pertenecía a la Legión de Trajano que fue la presunta fundadora de tu ciudad. A partir de ahí, en el siglo XVI se pretendió identificar la casa natal del mártir junto a la Puerta Cauriense, hoy transformada en capilla dedicada al Cristo de la Victoria. Según esta misma tradición, al llegar la paz de Constantino, a San Marcelo se le construyó una primitiva iglesia en León.

El código XI del archivo de la catedral de León dice que en el siglo IX, el rey Ramiro I de Asturias restauró la antigua iglesia del siglo IV dedicada al mártir en el suburbio de la Puerta Cauriense, fuera de los muros de la ciudad. Junto a esta iglesia, que fue posteriormente destruida por Almanzor, existía un monasterio, en el que vivió San Martín de León, que era canónigo regular de la Orden Agustianiana y que está actualmente sepultado en la colegiata leonesa de San Isidoro y en el siglo XII, se levantó un hospital que también llevó su nombre.

La devoción que los leoneses mostraban por San Marcelo hizo que fuera declarado patrono principal de la ciudad, pero sus restos mortales estaban lejos, en Tánger al norte de Marruecos, por lo que al ser liberada dicha ciudad por parte del rey de Portugal en el siglo XI, León solicitó las reliquias de su conciudadano, aunque también Sevilla y Jerez de la Frontera querían tenerlas. La disputa se zanjó cuando el rey Fernando el Católico las llevó personalmente a León el día 29 de marzo del año 1493. Allí fueron colocadas en una nueva iglesia construida al santo, iglesia que fue reedificada en el año 1588 por los maestros Juan del Ribero y Baltasar Gutiérrez, aunque las obras finalizaron en el año 1628. Como sabes, las reliquias de San Marcelo se encuentran en una urna de plata que está colocada en el altar mayor. En el retablo barroco de Santiago Velasco están las esculturas de San Marcelo, de Santa Nona y de sus doce hijos. Según algunos documentos del siglo XV que se conservan en el archivo del Ayuntamiento, la acogida que tuvieron las reliquias fue la mayor manifestación de júbilo de la ciudad.

En esta iglesia, se conservan además en otras urnas, las reliquias de sus presuntos hijos Claudio, Lupercio y Victorico y las del abad San Ramiro mártir leonés, así como un pergamino en el que se narran los numerosos milagros atribuidos al santo en la época del traslado de las reliquias, otro que atestigua que una reliquia quedó en la iglesia de San Gil de Sevilla y algunas cartas del rey Enrique IV de Castilla y de Isabel la Católica al Papa Sixto IV comentándole el traslado del cuerpo del mártir.

Antiguamente, las reliquias de San Marcelo junto con las de San Froilán eran sacadas en procesión cada vez que la ciudad sufría algún tipo de calamidad pública. Todos los años, el 9 de octubre, el capítulo catedralicio y junta municipal leonesa acudían al templo de San Marcelo para asistir a la misa solemne.

La iconografía es variada y está inspirada en la vida del Santo. La imagen del santo que se conserva en la iglesia es obra del escultor Gregorio Fernández y está en la parte central del altar, aunque rodeada por las de sus hijos y esposa, como ya dije antes y en el Museo provincial de tu ciudad se conserva una pequeña pintura gótica policromada del siglo XIV en la que aparecen él, su esposa e hijos.

Antonio Barrero


Fuente: www.preguntasantoral.com

sábado, 29 de octubre de 2016

Proclamação Patriarcal por ocasião do 25º aniversário da eleição de Sua Toda Santidade ao Trono Ecuménico


Istambul, Turquia, 28/10/2016

O PATRIARCA ECUMÊNICO BARTOLOMEU
Aos filhos do Patriarcado Ecumênico em todo o mundo
no 25° aniversário da sua eleição ao Trono Ecumênico

MENSAGEM DE SUA TODA SANTIDADE

Tributemos louvor e glória ao Deus Uno e Trino, que nos achou dignos de alcançar o vigésimo quinto aniversário do dia em que, por mandato do nosso Santo e Sacro Sínodo, ascendemos ao martirizado Trono Patriarcal da Igreja de Constantinopla.  

Com a graça de Deus, tendo percorrido alegremente por esse caminho de serviço no Primeiro Trono entre as Igrejas Ortodoxas, voltamos a olhar para trás, as experiências, acontecimentos, orações, viagens e atividades e, ao mesmo tempo, olhamos para frente em um espírito de otimismo e firme esperança no futuro, pelo que exclamamos como nosso predecessor São João Crisóstomo: «Glória a Deus por todas as coisas».

Manifestamos a nossa mais sincera gratidão a todos aqueles que contribuíram com nossos esforços para carregar a Cruz do ofício patriarcal que a Santa e Grande Igreja de Cristo colocou sobre nossos ombros no dia de nossa eleição, e fazemos nossos os anseios, desejos e esperanças do nosso piedoso povo ortodoxo, do Patriarcado ecumênico como de toda a Igreja Ortodoxa.

Ao longo de nosso Patriarcado, muita gente contribuiu, como novos cireneus, a aliviar o peso e, frequentemente, a suavizar a dor e o sofrimento no caminho. Recordamos agradecidos e com apreço as palavras e gestos de nossos irmãos clérigos e leigos da corajosa e abnegada Mãe Igreja, tantos os que se encontram longe como aqueles que estão perto, que ofereceram seu tempo e dedicação para nos apoiar nos últimos vinte e cinco anos. Nossas visitas pastorais às eparquias do sacratíssimo Trono Ecumênico e nossa comunicação com nossos fiéis em todo o mundo, bem como, com as honoráveis autoridades de tantos e distintos países, têm sido uma oportunidade única para o diálogo sincero e o estabelecimento de relações pessoais e fraternas.

Essas viagens não teriam tido o resultado desejado sem o amor e o apoio dos nossos Irmãos Primazes das demais Igrejas Ortodoxas Autocéfalas. Este apoio fraterno de Suas Beatitudes, os Primazes, a quem agradecemos de todo o coração, assim como as demonstrações de respeito por parte do santo clero, as estimadas autoridades e pessoas de boa vontade, desde o ponto mais ao sul da África até a Sibéria, e do Extremo Oriente até as fronteiras da Europa, têm provado ser fonte de inspiração contínua. As muitas visitas ao Fanar por pessoas, membros do clero e leigos de outras Igrejas Ortodoxas testemunham este fato, sublinhando e reforçando nossos inquebrantáveis laços espirituais e a inabalável unidade da Igreja.

Lembramos com carinho a magnânima hospitalidade oferecida por nossos Irmãos Primazes e Hierarcas. Trazemos no coração e na mente os piedosos e devotos fiéis que nos deram as boas-vindas com lágrimas emocionadas, e diversas outras expressões de amor sem fingimento. E não poderíamos deixar de lembrar os devotos monges e monjas que frequentemente nos receberam e rezam sem cessar por nós e pelos pobres da Igreja de Cristo.

Nossa Igreja Ortodoxa é Una, e sua cabeça é nosso Senhor Jesus Cristo, que nos achou digno de convocar ─ com o consentimento de Suas Beatitudes os Primazes ─ o Santo e Grande Concílio da Igreja Ortodoxa, recentemente celebrado em Creta. Este grande acontecimento histórico da nossa Santa Igreja enche-nos com imensa alegria e permite-nos sentir orgulho no Senhor, pois que constitui o cume do nosso Patriarcado. O Santo e grande Concílio mostrou a identidade conciliar da Igreja Ortodoxa e é nosso dever ─tanto dos que assistimos como daqueles que não puderam faze-lo ─ receber e implementar as Decisões deste Concílio, bem como transmitir e cultivar o espírito de unidade aos nossos piedosos fiéis em todo o mundo.

Reconhecendo as exigências de nosso tempo, temos prosseguido e avançado no Diálogo Teológico com os demais cristãos, bem como, no diálogo acadêmico com outras comunidades religiosas. Reconhecemos com gratidão e apreciamos o trabalho e a grande contribuição dos que participaram e seguem participando em todos esses diálogos, onde se ofereceu e continua sendo oferecido o testemunho credível da nossa Fé Ortodoxa.

A desgraça da guerra e o terrorismo em todo o planeta nunca deixou de nos preocupar. A onda de violência que atinge muitas regiões do mundo tem causado a aniquilação dos povos e a perseguição aos nossos irmãos e irmãs cristãos no Oriente Médio. Nós rezamos especialmente pelos cristãos que foram martirizados e fazemos um chamado a todas as partes implicadas para que cessem as hostilidades e atividades criminosa.

Nossa Santa Igreja reza pela paz de todo mundo e considera o respeito à dignidade humana e à liberdade, um direito inalienável de toda e cada pessoa. Não existem guerras «Santa».  Somente a paz é sagrada e constitui uma obrigação suprema para todos.

Com um coração aflito e profunda dor acompanhamos a tragédia de todos os que têm sido arrancados com violência de seus lugares de origem e esperam por um futuro melhor e um novo lugar. Nossa recente visita ao centro de acolhida de refugiados na ilha de Lesbos, juntamente com S. Santidade, o Papa Francisco de Roma e sua beatitude, o Arcebispo Jeronimo de Atenas, supôs um esforço conjunto para sensibilizar a opinião pública mundial sobre os nossos semelhantes, seres humanos que sofrem.

O mundo experimenta hoje uma vasta crise financeira e social. O fenômeno da globalização provoca grande celeuma na economia internacional e desestabiliza a coesão social, alargando o fosso entre ricos e pobres. O princípio da autonomia da economia, que a separa economia das necessidades humanas, gera situações de oportunismo e de exploração. Portanto, nos opomos a qualquer atividade financeira como um fim em si mesmo e propomos uma ‘economia com rosto humano’, uma economia que adira ao princípio evangélico de justiça e solidariedade.

Desde o início do nosso Patriarcado, temos estado profundamente preocupados com a preservação do meio ambiente. Somos cuidadores e protetores da criação de Deus, e é nosso dever sagrado respeitar e transmitir intacto e íntegro este dom divino para as gerações futuras. A crise espiritual e ética da humanidade, o abuso da liberdade humana, levaram ao colapso nas relações com a criação e a uma distorção de seu correto uso. Em nossos dias, não apenas abusamos dos recursos naturais do nosso planeta e poluímos o meio ambiente, mas temos expandido nossa poluição para além deste nosso planeta, para o espaço, já que nos últimos anos, o volume dos chamados «resíduos espaciais» tem aumentado dramaticamente e se fala até mesmo em explorar os recursos de outros corpos celestes. A única solução é uma mudança radical de mentalidade, a mudança de uma atitude vital e consumista e focada no acúmulo para um tratamento Eucarístico da criação, juntamente com uma educação espiritual dos jovens para que tratem o ambiente com bom senso, respeito e responsabilidade.

Rendemos louvor e agradecimentos, em humilde oração, a Deus nas alturas, pelo cumprimento destes vinte e cinco anos no leme do Primeiro Trono de Ortodoxia e dirigimo-nos a todos vós, honoráveis irmãos e queridos filhos no Senhor, pedindo vossas orações e vosso continuado e frutuoso serviço, para a honra e a glória de seu nome, «que é sobre todo o nome» (Fp 2,9).

No Patriarcado Ecumênico, em 22 de outubro de 2016
Vosso amado irmão em Cristo e fervoroso suplicante ante Deus por todos vós
† Bartolomeu de Constantinopla

Para ser lido no domingo 30 de outubro de 2016 após a leitura do Evangelho durante a Divina Liturgia

Fonte: www.ecclesia.org.br
Tradução: Pe. André Sperandio

V Domingo de Lucas. Evangelio de la Divina Liturgia


Lc 16,19-31: Dijo el Señor esta parábola: “Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su puerta, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico... pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: “Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama”. Pero Abraham le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y ustedes se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a ustedes, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros”. Replicó: “Con todo, te ruego, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento”. Abraham le respondió: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los oigan”. Él dijo: “No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán”. Le contestó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite”.

Abierta la tumba de Jesús por primera vez en siglos


Científicos han expuesto la superficie original de lo que tradicionalmente se considera la tumba de Jesucristo, por primera vez en siglos.

Situada en la Iglesia del Santo Sepulcro en la Ciudad Vieja de Jerusalén, la tumba ha estado cubierta por un revestimiento de mármol, al menos desde 1555, y probablemente desde siglos antes. National Geographic está filmando los trabajos de restauración en curso en el que está considerado le lugar más sagrado para la Cristiandad.

"El revestimiento de mármol de la tumba ha sido retirado, y nos sorprendió por la cantidad de material de relleno debajo de ella," dijo Fredrik Hiebert, arqueólogo de la National Geographic Society, un socio en el proyecto de restauración "Será un análisis científico largo, pero finalmente seremos capaces de ver la superficie de la roca original en la que, según la tradición, se colocó el cuerpo de Cristo".

Según la tradición cristiana, el cuerpo de Jesucristo fue colocado en un nicho excavado en la ladera de una cueva de piedra caliza después de su crucifixión por los romanos en el año 30 o 33. La creencia cristiana dice que Cristo resucitó después de la muerte, y que las mujeres que vinieron a ungir su cuerpo tres días después del entierro informaron de que no había restos presentes.

Esta plataforma de enterramiento está ahora cerrada por una pequeña estructura conocida como Edículo, que se reconstruyó por última vez en 1808-1810 después de ser destruida en un incendio. El Edículo y la tumba interior se encuentran actualmente en proceso de restauración por un equipo de científicos de la Universidad Técnica Nacional de Atenas, bajo la dirección de Antonia Moropoulou.

La exposición del nicho está dando a los investigadores una oportunidad sin precedentes para estudiar la superficie original de lo que se considera el lugar más sagrado de la cristiandad. Un análisis de la roca original puede ayudar a comprender mejor no sólo la forma original de la cámara de la tumba, sino también cómo ha evolucionado como el punto focal de veneración desde que fue identificado por primera vez por Helena, madre del emperador romano Constantino, en el año 326.

"Estamos en el momento crítico para la rehabilitación de Edículo," dijo Moropoulou. "Las técnicas que estamos usando para documentar este monumento único permitirán al mundo estudiar nuestros hallazgos como si ellos mismos estuvieran en la tumba de Cristo."


Fuente: www.lavanguardia.com


Proclamación Patriarcal con ocasión del 25º aniversario de la elección de Su Toda Santidad al Trono Ecuménico


Estambul, Turquía
28/10/2016

EL PATRIARCA ECUMÉNICO BARTOLOMÉ
A la plenitud del Patriarcado Ecuménico en todo el mundo
En el 25º aniversario de su elección al Trono Ecuménico

MENSAJE DE SU TODA SANTIDAD

Tributamos alabanza y gloria al Dios Uno y Trino, que nos ha considerado dignos de alcanzar el vigesimoquinto aniversario del día en que, por mandato de nuestro Santo y Sacro Sínodo, ascendimos al martirizado Trono Patriarcal de la Iglesia de Constantinopla. Con la gracia de Dios, habiendo recorrido alegremente este camino de servicio en el Primer Trono entre las Iglesias Ortodoxas, echamos la mirada atrás a las experiencias, acontecimientos, oraciones, viajes y actividades, y al mismo tiempo miramos hacia adelante con un espíritu de optimismo y firme esperanza en el futuro, por lo cual exclamamos como nuestro santo predecesor Juan Crisóstomo: "Gloria a Dios por todas las cosas".

Expresamos nuestra más sincera gratitud a todos los que han contribuido a nuestro esfuerzo de llevar la cruz del cargo patriarcal que la Santa y Gran Iglesia de Cristo colocó sobre nuestros hombros el día de nuestra elección, y hacemos nuestros los anhelos y esperanzas de nuestro piadoso pueblo ortodoxo, tanto del Patriarcado Ecuménico como de toda la Iglesia Ortodoxa.

A lo largo de nuestro patriarcado, mucha gente ha contribuido, a modo de otros cireneos, a aliviar el peso y a suavizar a menudo el dolor y penalidades del camino. Recordamos con agradecimiento las palabras y hechos de nuestros hermanos clérigos y laicos de la valiente y sacrificada Madre Iglesia, tanto los que están lejos como los que están cerca, que han ofrecido su tiempo y dedicación a apoyarnos a lo largo de estos veinticinco años. Nuestras visitas pastorales a las eparquías del sacratísimo Trono Ecuménico y nuestras comunicaciones con nuestros fieles de todo el mundo, así como con las honorables autoridades de los diferentes países, han supuesto una ocasión única para el diálogo sincero y el establecimiento de relaciones personales y de hermandad.

Este viaje no habría tenido el resultado deseado sin el amor y apoyo de nuestros Hermanos Primados de las demás Iglesias Ortodoxas Autocéfalas. Este apoyo fraternal de Sus Beatitudes los Primados, a quienes damos las gracias de todo corazón, así como las muestras de respeto por parte del santo clero, las estimadas autoridades y las personas de buena voluntad, desde el punto más meridional de África hasta Siberia y desde el Lejano Oriente hasta los confines de Europa, han demostrado ser fuente de continua inspiración. Las muchas visitas al Fanar por parte del clero y el laicado de otras Iglesias Ortodoxas dan testimonio de este hecho, que también subraya y refuerza nuestros inquebrantables lazos espirituales y la firme unidad de la Iglesia.

Recordamos con cariño la magnánima hospitalidad ofrecida por nuestros Hermanos Primados y Jerarcas. Traemos a la mente a los piadosos fieles que nos dieron la bienvenida con emocionadas lágrimas y diversas expresiones de amor sin fingimiento. Y no podemos olvidar a los devotos monjes y monjas que frecuentemente nos recibieron y constantemente rezan por nosotros y por los pobres de la Iglesia de Cristo.

Nuestra Iglesia Ortodoxa es Una, y su cabeza es nuestro Señor Jesucristo, que nos ha considerado dignos de convocar -con el consentimiento de Sus Beatitudes los Primados- el Santo y Gran Concilio de la Iglesia Ortodoxa, recientemente celebrado en Creta. Este gran acontecimiento histórico de nuestra Santa Iglesia nos llena de inmenso gozo y nos permite enorgullecernos en el Señor, pues constituye la culminación de nuestro patriarcado. El Santo y Gran Concilio demostró la identidad conciliar de la Iglesia Ortodoxa, y es obligación de todos nosotros -tanto los que asitimos como los que no pudieron hacerlo- recibir y aplicar las Decisiones de este Concilio, así como transmitir y cultivar el espíritu de unidad a nuestros piadosos fieles de todo el mundo.

Reconociendo las exigencias de nuestro tiempo, hemos continuado y avanzado en el Diálogo Teológico con el resto del mundo cristiano, así como en el diálogo académico con otras comunidades religiosas. Reconocemos con gratitud y apreciamos la labor y la gran contribución de los que han participado y siguen haciéndolo en todos estos diálogos, donde se ha ofrecido y sigue ofreciéndose el testimonio creíble de nuestra Fe Ortodoxa.

La plaga de la guerra y el terrorismo en todo el planeta nunca ha dejado de preocuparnos. La ola de violencia que afecta a muchas regiones del mundo ha causado la aniquilación de pueblos y la persecución de nuestros hermanos y hermanas cristianos en el Oriente Próximo. Rezamos especialmente por los cristianos que han sido martirizados, y lanzamos una llamada a todas las partes implicadas para que cesen las hostilidades y la actividad criminal.

Nuestra santísima Iglesia reza por la paz de todo el mundo y considera el respeto a la dignidad humana y a la libertad un derecho inalienable de toda persona. No existen guerras "sagradas". Solo la paz es sagrada, y constituye una obligación suprema para todos.

Con un corazón afligido y profundo dolor seguimos la tragedia de todos los que han sido desarraigados con violencia de sus lugares de origen y esperan un futuro mejor y un nuevo hogar. Nuestra reciente visita al centro de acogida de refugiados en la isla de Lesbos, junto a Su Santidad el Papa Francisco y Su Beatitud el Arzobispo Jerónimo de Atenas, ha supuesto un esfuerzo conjunto para sensibilizar a la opinión pública mundial acerca de nuestros semejantes que sufren.

El mundo de hoy experimenta una vasta crisis financiera y social. El fenómeno de la globalización causa gran revuelo en la economía internacional y desestabiliza la cohesión social, ensanchando la brecha entre pobres y ricos. El principio de autonomía de la economía, que separa a esta de las necesidades humanas, provoca aprovechamiento y explotación. Por tanto, nos oponemos a cualquier actividad financiera como un fin en sí misma y proponemos una "economía con rostro humano", una economía que se adhiera a los principio evangélicos de justicia y solidaridad.

Desde el principio de nuestro patriarcado, hemos estado profundamente preocupados con la conservación del medio ambiente. Somos mayordomos y protectores de la creación de Dios, y es nuestro deber sagrado respetar y transmitir intacto e íntegro este don divino a las futuras generaciones. La crisis espiritual y ética de la humanidad, el abuso de la libertad humana, han conducido a la ruptura en las relaciones humanas con la creación y a una distorsión de su recto uso. En nuestros días no solo abusamos de los recursos naturales de nuestro planeta y contaminamos el medio ambiente, sino que hemos ampliado nuestra contaminación más allá del planeta, al espacio, pues en los últimos años el volumen de los llamados "residuos espaciales" ha aumentado dramáticamente, e incluso se habla de explotar los recursos de otros cuerpos celestes. La única solución es un cambio radical de mentalidad, el paso de una actitud vital consumista y centrada en la acumulación a un trato eucarístico de la creación, junto a una educación espiritual de los jóvenes para que traten el medio ambiente con sensatez, respecto y responsabilidad.

Tributamos alabanza y agradecimiento, en humilde oración, a Dios en las alturas, por el cumplimiento de estos venticinco años en el timón del Primer Trono de la Ortodoxia, y nos dirigimos a todos vosotros, honorables hermanos y queridos hijos en el Señor, pidiéndoos vuestras oraciones y vuestro continuado y fructífero servicio para la gloria de Su Honorable nombre, "que está por encima de todo nombre" (Fil 2,9).

En el Patriarcado Ecuménico, el 22 de octubre de 2016
Vuestro amado hermano en Cristo
y ferviente suplicante ante Dios
+ Bartolomé de Constantiniopla

Para ser leído el domingo 30 de octubre de 2016 después de la lectura del Evangelio durante la Divina Liturgia.

"La controversia iconoclasta". Artículo del Metropolita Hilarión de Volokolamsk


El último gran debate durante la época de los concilios ecuménicos tuvo lugar durante los siglos VIII y IX, cuando Bizancio pasaba de ser un poderoso imperio a convertirse en un pequeño estado amenazado por diferentes flancos por  árabes y bárbaros. El tema de debate era la veneración de los iconos,  a la cual se oponía el emperador León el Isáurico (716-741). En 726 y en 730 promulgó edictos que prohibían su veneración.[1] El Papa Gregorio II y el Patriarca Germán de Constantinopla se rehusaron a obedecer al emperador, y en 727 Gregorio convocó a un concilio en Roma que confirmó la veneración de los iconos. El Patriarca Germán fue depuesto y exiliado por rehusarse a firmar el edicto; su lugar  fue ocupado por el patriarca iconoclasta Anastasio (730-753). La fase más violenta de la iconoclastia se verificó bajo el gobierno de Constantino Coprónimo (741-770), quien pasó a la historia  como un cruel perseguidor de los veneradores de iconos. En 754 el emperador sostuvo un concilio en Constantinopla en el que 338 obispos firmaron un coros* iconoclasta. Después de este concilio se desencadenaron fieras persecuciones,  particularmente contra el monacato, que a diferencia del episcopado sostuvo firmemente la veneración de los  iconos. Muchos monjes se volvieron confesores y mártires.

Aún no se han comprendido del todo los motivos ideológicos de la iconoclastia. Ésta fue tal vez inspirada por el Islam, que para esa época se había vuelto más fuerte, y que prohibía las imágenes de personas, permitiendo sólo la representación de bestias y aves, así como la pintura ornamental. Entre la gente sencilla había casos de abuso en la veneración de los objetos sagrados, y había creyentes que atribuían poderes mágicos a los iconos. Así, los iconos eran utilizados como padrinos en los bautizos y se mezclaba raspadura de pintura de los iconos con el vino utilizado en la Eucaristía. Pero la iconoclastia no sólo rechazaba estos abusos, sino también la idea misma de las imágenes sagradas del Verbo de Dios, la Theotokos y los santos. Los iconoclastas explicaban que era inadmisible  retratar a Cristo, pues cristo era tanto Dios como hombre, y que sólo podía retratarse su naturaleza humana. Los iconoclastas citaban también el Antiguo Testamento, que prohíbe las imágenes  y la adoración de ídolos (Ex. 20:4-5).

Uno de los opositores ideológicos de la iconoclastia fue San Juan Damasceno (c.676- c. 754), que escribió tres tratados contra los iconoclastas  poco después de la aparición del edicto de 726. En ellos, demostraba que la tradición del Antiguo Testamento no permitía iconos de Dios porque Dios era invisible; pero después de que Dios se hizo visible tomando la carne humana, es posible y  en realidad necesario retratarlo. La veneración de los iconos no tiene nada en común con la idolatría porque la veneración (proskynesis) ofrecida a la imagen material se eleva al prototipo inmaterial, a quien se  rinde la adoración (latreia).

En la antigüedad nunca  se retrató a Dios el Incorpóreo y sin forma, pero ahora que Dios ha sido visto en la carne y se ha asociado con la humanidad, pinto lo que he visto de Dios. No venero la materia, venero al creador de la materia por mí y aceptó habitar  en la materia, y a través de la materia obró mi salvación, y no cesaré de venerar la materia a través de la cual se llevó a cabo mi salvación.[2]

La enseñanza de Juan Damasceno constituyó la base de la definición dogmática del Séptimo Concilio Ecuménico, sostenido en 787 durante el reinado de la emperatriz Irene (775-802). El Concilio decretaba:

…mantenemos sin cambio todas las tradiciones de la iglesia que nos han sido entregadas, ya sea por escrito o de manera verbal, una de las cuales es representar con iconos, lo cual concuerda con la predicación evangélica y que se utiliza para asegurarnos la verdadera y no imaginaria encarnación del Verbo de Dios… Definimos que al igual que la figura  de la preciosa y vivificadora Cruz, los santos iconos, ya sean en color, en mosaico o en cualquier otro material, deben exhibirse  en las santas iglesias de Dios, sobre los vasos sagrados y sobre las vestiduras litúrgicas, sobre las paredes y los muebles, en las casas,  a lo largo de los caminos, especialmente los iconos de Nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo, el de Nuestra  Señora la Theotokos, los de los venerables ángeles y los de toda la gente santa. Porque mientras más frecuentemente se contemplen estas representaciones, más a menudo nosotros que las contemplamos recordaremos  y amaremos a su prototipo. Los honraremos con un beso y con inclinaciones de veneración, pero nunca con verdadera adoración, lo que según nuestra fe es adecuado sólo para la naturaleza divina. Veneramos estos con la veneración que  le rendimos a la figura de la preciosa y vivificadora Cruz, el  libro de los Evangelios y otros objetos santos, a través del incienso y la luz de las velas y de acuerdo con la antigua y piadosa costumbre.   Porque el honor que rendimos a la imagen pasa a aquél representado en ella, y el que reverencia la imagen,  reverencia a la persona representada en ella.[3]

Después del Séptimo Concilio Ecuménico se renovaron las persecuciones contra los iconódulos (los veneradores de los iconos) durante la época  del emperador León V el Armenio (813-820). En 815 mandó deponer al Patriarca Nicéforo de Constantinopla y reemplazarlo con el iconoclasta Teodoto Kassiteras. Se convocó un concilio de obispos para condenar  el Séptimo Concilio Ecuménico y reconocer el concilio de 754 que denunciaba la veneración de los iconos. Desde entonces las persecuciones contra los iconódulos se extendieron más que durante el reinado de Constantino Coprónimo. El principal opositor de los iconoclastas  después de la deposición del patriarca Nicéforo fue el abad del  Monasterio de Studios en Constantinopla, San Teodoro el Estudita, quien llevó a cabo una procesión con iconos el Domingo de Ramos del 815 en la cual  participaron alrededor de mil monjes. Teodoro fue exiliado y se desterró, torturó o ejecutó a docenas de obispos y monjes. Las persecuciones continuaron  durante el reinado de los emperadores Miguel II (820- 829) y Teófilo (829-842).

La época iconoclasta terminó a la muerte del emperador Teófilo, en 843 su esposa Teodora dio por terminada la persecución e hizo regresar del exilio a los confesores del iconodulismo. La sede patriarcal de Constantinopla fue ocupada por San Metodio (†847), quien había padecido mucho durante las persecuciones. En el primer domingo de la gran cuaresma, el 11 de  marzo del 843 se proclamó solemnemente la restauración de la veneración  de los iconos en Hagia Sofía. Desde entonces y hasta el día de hoy la iglesia ortodoxa celebra el triunfo de la ortodoxia en este día. La controversia iconoclasta no fue un simple debate sobre el aspecto decorativo de la vida de la iglesia, no fue una disputa sobre el ritual. La iconoclastia amenazó toda la vida espiritual de la iglesia en Oriente,  que se fue formando a lo largo de siete siglos. Como escribe Leonid Ouspensky:

La iconoclastia venía ligada al aumento general de la laxitud dentro de la iglesia, a la secularización de todos los aspectos de su vida. La inromisión de autoridades seculares violentaba su vida interna, las iglesias se inundaron de imágenes mundanas y se deformaban los servicios divinos con música y poesía profana. Por tanto, al defender los iconos, la iglesia no sólo defendía los fundamentos de la fe cristiana,  especialmente la encarnación, sino  también el sentido mismo de su existencia. La iglesia luchaba contra su propia disolución en el mundo.[4]

Por esta razón el triunfo de la iglesia sobre la iconoclastia no fue simplemente una victoria sobre una herejía: Fue un triunfo de la ortodoxia como tal.[5]

Durante la época iconoclasta se dio el primer “encuentro” teológico del cristianismo con el Islam, una nueva  religión surgida de las estepas  de Arabia. Muhammad, el fundador de esta religión, murió en el año 632.  Sin embargo, sus seguidores continuaron la campaña militar iniciada por él  y establecieron un califato árabe sobre los territorios arrebatados a persas y bizantinos, que a mediados del siglo VII incluían Persia, Palestina, Siria y Egipto. Bizancio había sentido el poder militar del Islam  ya desde  el reinado del emperador Heraclio;  no obstante, sería hasta la era iconoclasta que Bizancio comenzó a reflexionar sobre el Islam como fenómeno religioso. Uno de los primeros  teólogos bizantinos que dedicó su atención al Islam fue San Juan Damasceno, quien incluyó el Islam en la lista de herejías cristianas que estaba compilando:

Hay también un pueblo errante que subsiste en nuestros días, precursor del anticristo y sombra de los ismaelitas. Son descendientes del hijo de Abraham, Ismael, nacido de Agar, razón por la cual se llaman tanto agarenos como ismaelitas… solían ser idólatras que adoraban la estrella matutina y a Afrodita, a quien en su propia lengua llamaban Khabar, que significa “grande”. Así que hasta el tiempo de Heraclio eran grandes idólatras; entre aquellos tiempos y nuestros días apareció entre ellos un falso profeta llamado Muhammad. Habiéndose topado con el Antiguo y el Nuevo Testamento, y parece que habiéndose convertido con un monje arriano, este hombre inventó su propia herejía. Habiéndose ganado el favor de la gente por su exhibición de piedad, se complace en palabrerías vanas diciendo que ha recibido del cielo cierto libro. Después de escribir inventos ridículos en este libro suyo, se lo ha  entregado a su pueblo como objeto de veneración.[6]

En este fragmento es probable que San Juan tuviera en mente la tradicional exclamación árabe “Allah Akhbar”* y lo interpretara como una adoración a Afrodita.[7]  Si bien continuaba después parafraseando varios capítulos del Corán en su disertación, su conocimiento del Islam era en su conjunto superficial. En otro escrito intitulado Conversación  entre un cristiano y un sarraceno, San Juan se entra de nuevo en polémica con el Islam. En esta obra presentaba el Islam como una deformación del cristianismo en vez de como una religión independiente que requería un estudio serio.

La importancia de los Concilios Ecuménicos en la historia del cristianismo.

La importancia de la era de los Concilios Ecuménicos para la iglesia consiste antes que nada en el hecho de que a la doctrina ortodoxa se le dio su formulación definitiva durante este periodo. El proceso de establecer y desarrollar el dogma comenzó desde los tiempos apostólicos, y en las  epístolas de San Pablo podemos encontrar todos los elementos básicos de la teología cristiana, tales como  la doctrina de que Cristo es el hijo de Dios y la enseñanza sobre la  iglesia. Se continuó en los escritos de los padres apostólicos y  de los padres y doctores de la iglesia de los siglos segundo y tercero. Pero sería en los Concilios Ecuménicos del siglo cuarto que la enseñanza ortodoxa sobre la  Trinidad recibiría su forma final, y sería por los debates cristológicos de los siglos V al VII que se asentaría definitivamente la cristología ortodoxa. Por último, la controversia iconoclasta completaría el desarrollo de la teología ortodoxa durante los primeros ocho siglos de la existencia de la iglesia.

A pesar de todos los eventos negativos que los acompañaron, sin importar la interferencia de emperadores y cortesanos, a despecho de las intrigas clericales y no obstante las excomuniones recíprocas y los cismas que a veces les siguieron, los Concilios Ecuménicos fueron momentos de victoria para la verdad de la iglesia. Las definiciones  doctrinales de los Concilios Ecuménicos comenzaban con las palabras “le pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros,” señalando la acción conjunta (sinergia) del espíritu Santo y el pueblo en la definición del Dogma. Así, en la iglesia ortodoxa los dogmas de los concilios ecuménicos han sido considerados siempre como divinamente inspirados y no sujetos a revisión.  Si bien los siete  concilios ecuménicos tuvieron lugar en Oriente, los representantes de la iglesia occidental, en especial los legados del romano pontífice participaron en ellos y las decisiones dogmáticas de estos concilios fueron aprobadas por la iglesia de Occidente. Así fue que la iglesia oriental hizo una contribución decisiva en la  formación de la teología de la totalidad de la iglesia ecuménica.

Cada concilio ecuménico da respuesta a una herejía que sacudió la iglesia en algún periodo particular de su existencia. Por esa razón puede decirse que las herejías  se convirtieron en una fuerza impulsora del desarrollo de  la teología ortodoxa. Fue en  respuesta a las herejías que desafiaban  a la iglesia, sus enseñanzas  y su vida espiritual, que los teólogos encontraron las formulaciones precisas que formarían la base de la tradición dogmática ortodoxa. La ley  canónica ortodoxa también se formó durante los concilios ecuménicos. Además de las cuestiones dogmáticas, cada  concilio examinó temas  disciplinarios y emitió decretos canónicos. Así se sentaron las  bases de la tradición canónica de la iglesia, que ha  permanecido igual desde entonces. Los cánones datan de los concilios primero al cuarto y séptimo. En los concilios quinto y sexto no se emitió decreto canónico alguno; en 692 se convocó un concilio especial en Constantinopla –el llamado concilio “quinisexto” – para tratar asuntos de índole canónica. Además  de los estatutos de los concilios ecuménicos la ley canónica de la iglesia ortodoxa incluye cánones de diversos concilios locales, incluyendo algunos  cuyas posturas dogmáticas no fueron aceptadas por la iglesia, (especialmente los concilios de Gangra [c.340] y Antioquía [341]).

Durante la época de los concilios ecuménicos también se definieron las relaciones iglesia- estado.  Desde la época del emperador  Constantino, estas relaciones fueron siempre complejas. Aunque ya se había formulado desde el reinado de Constantino, el principio de “sinfonía” entre iglesia y estado recibiría su forma definitiva con Justiniano y sería confirmado en la Epanagoge,* compilada a finales del siglo IX por el emperador Basilio I (†886) y sus hijos. Este documento describe al emperador y al patriarca como iguales. Según esta obra, el emperador debe ser  “de la más alta perfección en la ortodoxia y la piedad”, “versado en  los dogmas referentes a la Santísima Trinidad y en las definiciones concernientes a la salvación por medio de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo”. En lo  que respecta al patriarca, establece que debe hablar sin miedo con el emperador respecto a la verdad y la protección de los dogmas y que sólo él “debe interpretar las máximas de los antiguos, las definiciones de los santos padres y los  estatutos de los santos concilios.” [8] No obstante, en la práctica esta “sinfonía” fue siempre dictada  por el emperador, y nunca por el patriarca, y el  emperador imponía a la iglesia su voluntad. Esto sucedía no solo en lo referente a temas disciplinarios, sino también en lo referente a los dogmas. Si el emperador adoptaba  el bando de la ortodoxia, los obispos podían firmar sus edictos  con limpia conciencia,  pero si el emperador se inclinaba a la herejía, la iglesia pasaba tiempos difíciles y se reprimía o ejecutaba a quienes  no estuvieran de acuerdo con la voluntad del emperador.

Desgraciadamente, a lo largo de la historia de Bizancio los obispos estuvieron de acuerdo con el emperador demasiado a menudo, aún cuando sus conciencias los debieron empujar a la desobediencia civil. Más aún, un mismo obispo firmaba decisiones tanto heréticas como ortodoxas. La cantidad de obispos oportunistas es era escandalosa: ciento treinta y cinco obispos participaron en el “Concilio de los ladrones” de 449, y hubo trescientos treinta y ocho presentes en el concilio iconoclasta de 754. Muchos de  aquellos que habían firmado definiciones ortodoxas en concilios ortodoxos también firmaron los documentos heréticos de los concilios “de ladrones”.

También  sucedió lo contrario: Aquellos que sucumbieron a la presión de los herejes se arrepintieron en los concilios ortodoxos. Este oportunismo de la jerarquía de la iglesia, que se hizo especialmente evidente durante la controversia iconoclasta ocasionó  que disminuyera la autoridad de los obispos a los ojos de los simples creyentes, contribuyendo a aumentar la autoridad de los monjes. En muchos casos, cuando los jerarcas no cumplían con las demandas de su elevada posición, eran los monjes a quienes se confiaba la misión de proteger la ortodoxia (baste recordar a  Máximo el Confesor, Juan Damasceno y Teodoro el Estudita).

¿Cuál ha sido la situación canónica de los concilios ecuménicos a lo largo de la historia de la iglesia? En la iglesia ortodoxa está muy difundida la opinión de que el concilio ecuménico es la más alta autoridad de la iglesia a la cual deben someterse los concilios locales  y los primeros jerarcas de las iglesias locales.  Algunos piensan que la diferencia  entre las iglesias oriental y occidental consiste en el hecho de que  el pontífice  romano se considera la más alta autoridad de Occidente, mientras que en oriente esta autoridad descansa en el Concilio Ecuménico. Esta idea no tiene sustento en la realidad histórica. Nunca se ha visto a los concilios ecuménicos como autoridad suprema de la iglesia ortodoxa. Durante los casi tres siglos anteriores al primer concilio ecuménico, la iglesia no tuvo el concepto  de tal tipo de concilio. Y durante el lapso de doce siglos que han pasado desde el final del séptimo concilio ecuménico, la iglesia ortodoxa ha sobrevivido sin otro. El papel básico de los  concilios ecuménicos desde el siglo cuarto hasta el siglo VII consistía en la refutación  de herejías específicas que sacudían al mundo ortodoxo en un momento dado, no debe pensarse que la iglesia de los siglos cuarto a séptimo vivió “de concilio en concilio”, ya que los  concilios ecuménicos tuvieron  lugar de forma irregular, con intervalos de veinte, quince, cien o más años. Siempre que hizo falta, cada iglesia local, fuese la de Roma, Constantinopla, Antioquía, Cesárea de Capadocia o cualquier otra ciudad, resolvía los problemas que se le presentaban – sin esperar hasta la convocatoria de un concilio ecuménico – en los concilios locales, que tomaban decisiones que se volvían obligatorias para ellos.

También debe notarse que los concilios ecuménicos no eran “ecuménicos” en un sentido literal. La palabra oikoumene (“universo”) significaba principalmente el imperio romano; las iglesias localizadas en la periferia  del imperio o fuera de sus fronteras, tales como  la iglesia armenia o la iglesia de oriente no participaban como regla general en los concilios ecuménicos. Con el tiempo, estas iglesias se declararon de forma positiva o negativa, con respecto a los concilios ecuménicos en sus propios concilios locales. Las decisiones de los concilios ecuménicos no se volvían obligatorias para las iglesias hasta que sus propios concilios locales afirmaran las resoluciones de estos.  Así, era el concilio local de cada iglesia y no el concilio ecuménico el que tenía la autoridad más alta y decisiva sobre los fundamentos de las cuestiones dogmáticas y canónicas. Sobra decir que se consideraban las opiniones de otras iglesias, pero sólo en la medida en que no contradijeran la opinión propia de la iglesia particular.

Así, para responder a la pregunta sobre la importancia de los concilios ecuménicos para la iglesia, es esencial comprender la noción de recepción. La historia muestra que los concilios no eran recibidos pasiva ni automáticamente por las iglesias locales. Por el contrario, se permitió  que las iglesias decidieran el destino de cada concilio, lo aceptaran o lo rechazaran, lo aceptaran como concilio ecuménico o local, que aceptaran todas sus decisiones o sólo algunas. El proceso de recepción requería de una discusión activa sobre los concilios y sus decisiones dentro de cada  iglesia local.  Por esta misma razón, la recepción de algunos concilios fue un proceso doloroso acompañado por  intensas disputas, inquietud popular y la interferencia de autoridades civiles. Además, el reconocimiento de un concilio suponía no sólo  que las autoridades eclesiásticas promulgaran de forma oficial su doctrina, sino también que los teólogos, monjes y laicos la aceptaran. En el proceso de recepción se involucraba  toda la comunidad de la iglesia. En este proceso había con frecuencia factores secundarios y había consideraciones nacionales y lingüísticas que influían a veces en la aceptación de los concilios  en una iglesia local. Por ejemplo, no todas las formulaciones dogmáticas de las iglesias greco parlantes  estaban bien traducidas al latín o a las lenguas nacionales de algunas  regiones de oriente (p. Ej. los coptos, etíopes siríacos, árabes y armenios), llevando al disenso y al malentendido que causa cismas. El proceso de recepción también se veía influenciado por factores políticos  tales como la resistencia nacional al dominio eclesiástico y político de Bizancio en Egipto, Armenia y Siria desde el siglo cuarto hasta el sexto. Finalmente, los factores personales también influían sobre la recepción: en los casos en los  que la enseñanza de un jerarca en particular de convertía en la enseñanza de un concilio ecuménico los teólogos y obispos que eran sus enemigos personales, o estaban descontentos con sus actividades, intentaban darle forma a la opinión popular dentro de su iglesia para que no se aceptaran las decisiones del concilio. Así, la recepción de los concilios ecuménicos fue un proceso gradual que requirió mucho tiempo y tuvo la influencia de muchos y muy diversos factores. El criterio final para la aceptación o rechazo de un concilio ecuménico no era el hecho de haber sido convocado sino el consenso respecto a su “aceptación”, que sólo se lograba más tarde cuando las iglesias locales pasaban su veredicto sobre un concilio en particular. Por ejemplo, el concilio de Nicea (primer concilio ecuménico) de 325, que condenaba el arrianismo, no fue reconocido unánimemente por todas las iglesias del imperio romano hasta el concilio de Constantinopla de 381(segundo concilio ecuménico). En algunas iglesias la recepción del concilio de Nicea tardó incluso más.  Así, la Iglesia de Oriente aceptó este concilio hasta ochenta y cinco años después, en un concilio local en Seleucia – Ctesifón en 410. El concilio de Éfeso de 449 mostraba  todas las características de un concilio ecuménico, y sin embargo, las iglesias ortodoxas rechazaron sus decisiones y el concilio de Calcedonia de 451(cuarto concilio ecuménico) lo declaró “concilio de ladrones”. El concilio iconoclasta de 754 también tenía todas las marcas de un concilio ecuménico, pero después fue rechazado por las iglesias.

Aún no se ha esclarecido el papel que jugó la iglesia romana en la historia de los concilios ecuménicos. Los siete concilios tuvieron lugar en Oriente, y los pontífices romanos no participaron en ellos de forma personal, optando por enviar legados. Incluso cuando el papa llegaba a estar en la ciudad donde estaba teniendo lugar un concilio, no participaba de las sesiones conciliares (como fue el caso del papa Virgilio , que estaba en Constantinopla durante la convocatoria del quinto concilio ecuménico). Después del concilio, los legados informaban al Papa sobre las decisiones  dogmáticas tomadas y él las confirmaba.  El Papa confirmaba decisiones dogmáticas de forma selectiva. Por ejemplo, el Papa León Magno protestó contra el canon 28 del concilio de Calcedonia que otorgaba al  obispo de Constantinopla los mismos derechos que  al obispo de Roma; durante el concilio, los legados  disputaron este canon. A los ojos de la iglesia occidental era la confirmación papal de las decisiones  de un concilio lo que le daba legitimidad. En la iglesia oriental, el proceso de recepción era más complejo y el reconocimiento papal de un concilio no era visto como una consideración necesaria para su legitimidad.

Incluso hoy no se ha completado la recepción de los concilios ecuménicos entre todos los cristianos del mundo. La iglesia asiria de oriente reconoce sólo dos concilios ecuménicos, las iglesias “precalcedonias” sólo reconocen tres. A diferencia de ellas, la iglesia católica romana también considera como ecuménicos los siguientes concilios: el  concilio de Constantinopla de 869-870; los concilios de Letrán de 1123, 1139, 1179 y 1215; el concilio de Lyon de 245 y 1274; el concilio de Viena de 1311; el concilio de Constanza de 1414  a 1418;  el concilio de Basel de 1431, el de ferrara Florencia de 1439; el concilio de Letrán de 1512-1516; Trento 1545-1563; y los concilios Vaticanos de 1869-1870 y 1962-1965 con un total de veintidós concilios.

La postura de cada iglesia frente a los concilios ecuménicos es tema de la agenda del diálogo ínter cristiano contemporáneo. Pero, para la iglesia ortodoxa, los siete los concilios ecuménicos de los siglos cuarto al octavo siguen siendo el fundamento sobre el cual se basa su teología, su tradición canónica y su vida litúrgica.

NOTAS

[1] Algunos expertos sostienen que sólo hubo un edicto, en 730.

[2] Juan Damasceno Primer Tratado sobre las Imágenes Divinas 16, en Andrew Louth, trans. Tres Tratados sobre las Imágenes Divinas (Crestwood, NY: SVSPress,2003), 29.

[3] Citado en Leonid Ouspensky, La Teología de Icono en la Iglesia Ortodoxa (París, 1989), 102.

[4] Ibid., 111.

[5] Ibid., 113.

[6] Sobre las herejías 101.

* La exclamación significa “Dios es grande”. Muchos musulmanes escriben separada la última letra de la palabra Al-láhu, (la vocal breve dämma), dando origen a la confusión con la letra Waw, cuyo significado es la conjunción “y”. Así, “Dios es grande” se lee como “Dios y Khabar”. (N.T.)

[7] Meyendorff, Introducción, 373.

* La Epanagoge fue una gran colección de las leyes vigentes en el Imperio, cuya recopilación inició Basilio I y continuó la Dinastía Macedónica. (N.T.)

[8] Citado en Schmemann, Camino Histórico, 215.


Fuente: Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa de Antioquía - Arquidiócesis de México, Venezuela, Centroamérica y El Caribe